sábado, 21 de abril de 2018

"Yo soy el buen pastor" (Jn 10, 1-10)

Este pasaje del evangelio puede llevar fácilmente a la errónea interpretación si no vamos a lo profundo de su mensaje.
Es cierto que Jesús era rotundo y tajante en según qué cosas o con qué temas y, aunque pueda dar esa impresión, aquí no está vanagloriándose de ser el único Señor y Salvador, que es cierto que lo es, sino que avisa de los falsos o malos pastores que dan rodeos y se escabullen para no atender a sus ovejas. En tiempos de Jesús abundaban falsos mesías y los malos pastores (sacerdotes y dirigentes que no obraban según la ley de Dios sino según sus intereses y “leyes”).
“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. El pueblo de Jesús, el pueblo judío, venía de una tradición semítica e itinerante y por eso la imagen del pastor (patriarca) conduciendo y dando ejemplo a sus ovejas era para ellos bien conocida. Un buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y reconocen su voz y le siguen. Ese pastor es capaz de dar su propia vida por ellas. Su trabajo no es para percibir un simple salario sino para la gloria de Dios y la construcción del Reino. Jesús ve cómo el pueblo sigue plenamente confiado, muchas veces también por miedo, a líderes del templo y sacerdotes que no son ejemplo y buscan la corrección y el cumplimiento en los demás, mientras ellos se saltan la ley que predican y no entran por la puerta verdadera, que no son las leyes que han inventado ellos sino el actuar y vivir desde el mismo amor de Dios.
En la iglesia de Jesús hemos de reconocerle a Él. Sólo reconociendo, primeramente, su voz y sus palabras podremos seguirle. Si no hacemos esto corremos el riesgo de seguir a pastores incoherentes que hacen un mal uso de la autoridad que les ha venido conferida por Dios y que no saben lo que dicho poder significa. Pastores que viven en la opulencia y la apariencia exigiendo moral y haciendo moralina en sus sermones mientras ellos no son capaces de entrar por la puerta verdadera. Pero también es cierto que Dios ha bendecido la iglesia dotándola de pastores que, antes de guiar al rebajo, han sabido escuchar la voz del verdadero Pastor, y guían con amor a su pueblo ofreciendo su vida en sacrificio y verdadera entrega al Reino.
Doy gracias a Dios por esos pastores que hemos tenido, y tenemos, en nuestra vida y que son reflejo del amor de Dios, pastores que al llamarnos reconocemos en su voz al verdadero Jesús, el Jesús de Nazaret.

sábado, 14 de abril de 2018

Soy Yo, no temáis (Jn 6, 16-21)

“Los discípulos de Jesús…, al oscurecer,…bajaron al lago…Era ya noche cerrada”. Bajar al lago para pescar, porque los discípulos eran pescadores, es decir vivir, comenzar con la faena, estar en la vida que te toca, en tus afanes del día a día…Era de noche, noche cerrada; en la vida tenemos noches oscuras, porque no todas las noches son iguales, porque hay días que uno no tiene ganas ni de verse, ni de ver/vivir con otros, en esos días que son noche oscura no tenemos presente ni siquiera a Dios, porque nos hemos centrado en el ego más solitario que se enraíza en nuestro profundo ser. Es ahí donde reside precisamente Dios, pero nosotros no lo vemos.
“Soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando”. Tenemos a Dios delante de nosotros pero nuestros miedos y cerrazones no quieren/pueden verlo, e  incluso lo confundimos con otras cosas y tenemos miedo de Él. Las tempestades de la vida, lo encrespado de esta, como cuando el lago se embraveció, nos nubla y buscamos consuelo y ayuda en cosas/personas a las que, aun sabiendo que no podrán saciarnos ni consolar nuestro deseo de plenitud, nos aferramos a ellas como si fueran nuestra tabla de salvación, para luego quedar aún más vacíos.
“Habían remado seis kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el lago, y se asustaron”. Habían navegado mucho sin Jesús en la barca. A veces caminamos mucho tiempo en la vida sin tener presente a Dios, confiando en nuestras solas fuerzas, cargando nuestras pilas vitales con nuestra soberbia y autosuficiencia, pero en realidad todo eso es sólo lo que creemos, un espejismo, porque la verdad es que no lo hacemos solos sino con esa parte divina que tenemos, en la medida que participamos del Ser de Dios, al ser sus criaturas, sus hijos; ya que somos, simplemente,  porque somos en Él.
“Pero Él les dijo: Soy yo, no temáis”. Y cuando más solos nos sentimos, cuando pensamos que pereceremos por lo difícil de las situaciones de la vida, descubrimos que es Él quien ha estado siempre con nosotros, que no era nuestra fortaleza sin más la que nos sacaba de las situaciones complicadas, que no éramos solo nosotros los que controlábamos todo sino que desde dentro, en lo profundo de nuestro ser/conciencia está Él, porque Él es el que es, nuestro ser.
Como los místicos afirman y nos enseñan, en la oración contemplativa, en el silencio más profundo del ser, en el encuentro con uno mismo… es dónde mejor lo vamos a descubrir, donde más claro lo vamos a escuchar, porque es el lugar del encuentro. Porque sólo después del encuentro místico en lo profundo de nuestro ser, es cuando podemos ser para los demás.
 
 

viernes, 6 de abril de 2018

¡PAZ a vosotros! (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.

“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial, pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.

Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; no merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.

En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo, el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo y, con lo que ven en ella, apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.