sábado, 20 de enero de 2018

"Se ha cumplido el plazo...! (Mc 1, 14-20)

Resultan curiosos los movimientos de Jesús. En pasajes anteriores le vimos en las regiones del centro-sur recibiendo el bautismo, y ahora sube a Galilea, al norte, para comenzar a anunciar la “Buena noticia de Dios”. Él nace en el sur, Belén de Judá, y seguramente después durante su infancia viviera en el norte, pero a los doce años le vemos en el templo enseñando a los doctores (por tanto de nuevo en el sur). Continuamente de norte a sur con parada en el centro, Samaría, y viceversa.
Lo que está claro es que Jesús conocía muy bien su tierra, a su gente. Sabía de los problemas de la gente sencilla (norteños y sureños), sabía de sus necesidades, anhelos  y esperanzas.
La palabra “evangelion” significa buena noticia. Pero cuando esa buena noticia viene de Dios es doblemente buena para un pueblo que estaba acostumbrado a noticias malas, a fardos pesados, sentimientos de culpa… que venían creados por los representantes de Dios, por el Templo, por la religión.
Nadie con un mínimo de sensatez invita a seguir e imitar su estilo de vida si no tiene claro lo que quiere. Y desde luego también al contrario, tampoco se muestra mucha cordura si se sigue a alguien que no transmite esa seguridad y fortaleza. “Venid y lo veréis” pudimos escuchar la semana pasada en la Palabra, y ahora es aún más claro “Venid y os haré pescadores de hombres”.
Jesús tiene claro su proyecto para instaurar el Reino. Esa claridad no fue cosa de dos días ni algo improvisado. Los movimientos de Jesús a los que me refería antes, le sirvieron para saber por dónde debía comenzar, a quién llamar y qué decir y proclamar.
Sabemos que Jesús no era un rabino al uso, Él llamaba y buscaba a sus discípulos en los lugares y ambientes menos habituales para los rabinos de su época. Entre la gente humilde, ignorantes en la lectura y escritura pero conocedores de la realidad del pueblo, porque ellos eran parte del mismo. A Jesús no le van las cátedras y enseñanzas de libro. Jesús prefiere que su cátedra no sea fija, el no tiene escuela propia ni sus oyentes son siempre los mismos todos los días, porque lo que tiene que proclamar no ha de quedarse para unos pocos sino que ha de ser escuchado por todos.
Durante esta semana pasada hemos podido ver lo especial y distinto de Jesús respecto a lo establecido (tanto en lo que se refiere a las normas, como a la relación interpersonal). Hemos visto el concepto del sábado que tiene Jesús y también cómo Él llamó a los que quiso. Que Él llamara no quiere decir que no tuviera seguidores que se acercaron por su propia voluntad a Jesús y fueran acogidos. Lo que si dejaba claro Jesús, de palabra y obra, es que el seguimiento y trabajo por el Reino sería exigente.
Trabajar en y desde el Reino ha de cambiarnos. La Iglesia no puede seguir anquilosada en el miedo al qué dirán, o a no “respetar” la tradición de siglos. Hay conceptos y formas de entender “los sábados” que hay que cambiar ya, siendo conscientes de que eso creará rupturas e incluso divisiones en el seno de la misma comunidad. Pero por otro lado, el seguidor de Jesús tiene que tener claro que el cambio ha de comenzar por él, que no es posible cambiar estructuras comunitarias que han quedado obsoletas sin un cambio personal. No sería demasiado coherente ni justo el pedir un cambio a la iglesia como comunidad, que el cambio empiece por otros, y a nivel personal no mover ficha, quedarse e instalarse en la comodidad de la crítica fácil. El Reino empieza por ti, por cada uno de nosotros, porque Cristo sigue llamando de manera personal, porque Él se acerca a tu cotidianidad, se acerca cuando estás repasando las redes de tu rutina diaria y te invita a dejar lo que estás haciendo “Ven y sígueme”; ahora depende de ti el dejar las redes y seguirlo.
La Buena Noticia no es algo que haya que esperar sino que ya está presente en tu vida, solo has de descubrir que Dios forma parte de ella, aceptarte como eres, aceptar a los demás y creer que dentro de todas las vidas está el Dios de la Vida. Para ello es necesaria la conversión de la mera racionalidad-mentalidad, de nuestros prejuicios y seguridades (“dogmas cotidianos”), a lo universal del corazón.

viernes, 12 de enero de 2018

"Venid y lo veréis" (Jn 1, 35-42)

Evidentemente, nos situamos ante un relato ya muy elaborado por la tradición, demasiado directo quizás para los oyentes de hoy. El reconocimiento y rotundidad de Juan al presentar a Jesús: “Este es el cordero de Dios”; y la inmediatez del seguimiento de los discípulos de Juan hacia Jesús, nos resulta cuanto menos curiosa. Esta actitud de obediencia y reconocimiento por parte de todos (tanto de Juan como de sus discípulos al seguir a otro maestro) parece increíble. Evidentemente la realidad fue otra, ya que son sabidos los recelos de algunos de los discípulos de Juan cuando él mismo se deshace de todo protagonismo y muestra a sus discípulos a quién han de seguir. Los discípulos de Juan le seguían porque eran de su línea porque les gustaba su estilo, porque estaban de acuerdo con él. Jesús era de otra manera, tenía otra forma de vivir y anunciar las cosas, y es evidente que el “cambio” de maestro no fue del todo gustoso al principio, más bien lo hicieron por obediencia a Juan que no dudó ni un momento en reconocer la autoridad de Jesús.
Jesús pregunta: ¿qué buscáis?” Y los discípulos de Juan responden con otra pregunta: ¿dónde vives?”. Era una pregunta difícil de responder en dos palabras, pero tampoco se podía responder con demasiadas explicaciones; era necesario y conveniente que lo vieran ellos mismos: “Venid y lo veréis”.
Jesús, el de Nazaret, ya no vivía en ningún sitio. Ahora el mundo, los caminos, los pueblos y casas de aquellos que lo quisieran acoger, el cielo raso de las noches más frías o las más calurosas era el lugar de la vivencia del Reino, el lugar donde vivía Jesús. Estos dos discípulos parece ser que le siguen, no les asustan las vicisitudes ni el estilo de vida que exige el seguimiento radical de Jesús  pero, aunque en este relato no se mencione, no fue así con todos los discípulos de Juan ni otros seguidores potenciales; muchos también se dieron la vuelta en el camino y vieron que no estaban hechos para tal vivencia, para no tener casa, para despojarse de todo…
No puedo evitar acordarme de la vida consagrada en estos momentos. El estilo de vida radical en el seguimiento de Cristo. Parece que hoy flaquean las vocaciones en lugares de tibieza espiritual y por otro lado, en lugares de “radicalidad”, florecen comunidades que saben lo que quieren, cansadas de lo mundano y lo superficial.
“Hemos encontrado al Mesías”. Así es como Andrés describe a Jesús, sin titubeos, ante su hermano Simón (Pedro). Esta declaración y reconocimiento es propia de un relato, el de Juan, que se escribe ya en una situación asumida de una comunidad, de fe cristiana, que reconoce y vive a Cristo.
Parece que hoy en día hay que tener cuidado al utilizar la palabra radical o radicalidad; parece que, si la utilizamos, estamos siendo miembros de algún grupo peligroso o al menos sospechoso. Sin embargo, el seguimiento de Cristo conlleva vivir con tintes de radicalidad bien entendida, no tanto como intransigencia sino más bien en su acepción de vivir la raíz, lo fundamental, alejándonos de lo superfluo y centrándonos en el fundamento.
Gracias a la vida consagrada por vuestro seguimiento radical, por vuestro ejemplo y demostración de que hoy es más necesario que nunca vivir el Reino desde la raíz.

sábado, 6 de enero de 2018

Resurgir del agua (Mc 1, 7-11)

Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado la venida del mesías de forma triunfal y apocalíptica.
En este relato del bautismo reaparecen algunos de estos rasgos en la forma (género literario) de contar las cosas. Sin embargo, aquí subyace una necesidad de anuncio por otro motivo, la humildad de la llegada, la manera silenciosa y poco habitual de la hierofanía real de Dios en Jesús.
Es como si Juan necesitase advertir que el que tenía que llegar, el mesías, “el que puede más que yo…” llegaría detrás de él. Necesidad de avisar por si la llegada humilde pudiera pasar desapercibida para el pueblo; porque, además, el llegar “detrás de” no solía ser muy habitual en las personas importantes que, por serlo, eran los primeros. El bautismo de agua que practicaba él, bautismo de hombres, no tiene parangón con la fuerza del perdón de los pecados y la misericordia de Dios.
Acabamos de celebrar la Navidad, la manera humilde de llegar Dios a la tierra. En su vida adulta, pública, Jesús no deja de lado esa humildad y se presenta sin ruidos, sin truenos ni estruendos.
Los que hemos tenido la oportunidad de pisar los santos lugares y hemos estado en el Jordán y sus orillas, en el lugar donde tradicionalmente se realizaban bautizos colectivos en tiempos de Juan y Jesús, nos hemos visto casi obligados a desechar las grandezas y adornos literarios de los relatos y nuestra imaginación, que otorgan al lugar, a los lugares, una belleza idílica. Cuando te ves allí, en mitad del desierto, respirando, viendo, oliendo, sintiendo, viviendo…cotidianidad y normalidad, comienzas a descubrir al Jesús de las sandalias.
“Apenas salió del agua…”. Como una nueva vida que emerge del agua con toda su fuerza. La puesta en escena de Jesús en la tierra  de forma “oficial” hace que se rasgue el cielo (a eso me refería antes con lo de las reminiscencias del Antiguo Testamento en el género literario). La presencia de Jesús entre nosotros cambia o ha de cambiar nuestra visión del cielo y la tierra, del cosmos.
Jesús no se pone en la fila de los que van a ser bautizados como uno más por una cuestión de tradición ritual (porque además ese tipo de bautismos, de profetas populares, no eran oficiales ni obligatorios) sino porque verdaderamente había entendido que su vida debía cambiar, había cambiado, y que la vivencia y pregón del Reino exigía un cambio radical que comenzaba con ese símbolo público del resurgir del agua.
Dios llega para rasgar nuestros esquemas y jerarquías celestes y terrestres con el fuego del Espíritu que ha de nacer de lo más íntimo del ser. Ya no basta con un gesto externo que nos invita a la conversión y limpieza rituales con agua. Ahora el bautismo de Espíritu rasga nuestro ser porque nace de dentro y ha de dar sus frutos fuera.
La humildad de Juan: “No merezco ni agacharme para desatarle las sandalias”, es el comienzo de la actitud que requiere el Reino de Dios, es la continuidad del humilde nacimiento y un preámbulo de lo que tenía que llegar.
En la Iglesia no nos debería preocupar tanto el secularismo y las fórmulas para evitarlo, los hermanos que se “apartan” de Dios, sino que más bien deberíamos trabajar unidos para cambiar lo que, desde dentro, hace que haya hermanos que no nos reconozcan como tal.
La Iglesia ha retomado el bautismo del agua con la invocación y presencia del Espíritu Santo. Agua y fuego se unen en una nueva creación para infundir en el bautizado la fuerza necesaria para cambiar su vida, la vida. La Iglesia ha de ser un río de agua viva, un nuevo Jordán, que haga renacer en el Espíritu y la unidad a sus hijos.