sábado, 21 de abril de 2018

"Yo soy el buen pastor" (Jn 10, 1-10)

Este pasaje del evangelio puede llevar fácilmente a la errónea interpretación si no vamos a lo profundo de su mensaje.
Es cierto que Jesús era rotundo y tajante en según qué cosas o con qué temas y, aunque pueda dar esa impresión, aquí no está vanagloriándose de ser el único Señor y Salvador, que es cierto que lo es, sino que avisa de los falsos o malos pastores que dan rodeos y se escabullen para no atender a sus ovejas. En tiempos de Jesús abundaban falsos mesías y los malos pastores (sacerdotes y dirigentes que no obraban según la ley de Dios sino según sus intereses y “leyes”).
“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. El pueblo de Jesús, el pueblo judío, venía de una tradición semítica e itinerante y por eso la imagen del pastor (patriarca) conduciendo y dando ejemplo a sus ovejas era para ellos bien conocida. Un buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y reconocen su voz y le siguen. Ese pastor es capaz de dar su propia vida por ellas. Su trabajo no es para percibir un simple salario sino para la gloria de Dios y la construcción del Reino. Jesús ve cómo el pueblo sigue plenamente confiado, muchas veces también por miedo, a líderes del templo y sacerdotes que no son ejemplo y buscan la corrección y el cumplimiento en los demás, mientras ellos se saltan la ley que predican y no entran por la puerta verdadera, que no son las leyes que han inventado ellos sino el actuar y vivir desde el mismo amor de Dios.
En la iglesia de Jesús hemos de reconocerle a Él. Sólo reconociendo, primeramente, su voz y sus palabras podremos seguirle. Si no hacemos esto corremos el riesgo de seguir a pastores incoherentes que hacen un mal uso de la autoridad que les ha venido conferida por Dios y que no saben lo que dicho poder significa. Pastores que viven en la opulencia y la apariencia exigiendo moral y haciendo moralina en sus sermones mientras ellos no son capaces de entrar por la puerta verdadera. Pero también es cierto que Dios ha bendecido la iglesia dotándola de pastores que, antes de guiar al rebajo, han sabido escuchar la voz del verdadero Pastor, y guían con amor a su pueblo ofreciendo su vida en sacrificio y verdadera entrega al Reino.
Doy gracias a Dios por esos pastores que hemos tenido, y tenemos, en nuestra vida y que son reflejo del amor de Dios, pastores que al llamarnos reconocemos en su voz al verdadero Jesús, el Jesús de Nazaret.

sábado, 14 de abril de 2018

Soy Yo, no temáis (Jn 6, 16-21)

“Los discípulos de Jesús…, al oscurecer,…bajaron al lago…Era ya noche cerrada”. Bajar al lago para pescar, porque los discípulos eran pescadores, es decir vivir, comenzar con la faena, estar en la vida que te toca, en tus afanes del día a día…Era de noche, noche cerrada; en la vida tenemos noches oscuras, porque no todas las noches son iguales, porque hay días que uno no tiene ganas ni de verse, ni de ver/vivir con otros, en esos días que son noche oscura no tenemos presente ni siquiera a Dios, porque nos hemos centrado en el ego más solitario que se enraíza en nuestro profundo ser. Es ahí donde reside precisamente Dios, pero nosotros no lo vemos.
“Soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando”. Tenemos a Dios delante de nosotros pero nuestros miedos y cerrazones no quieren/pueden verlo, e  incluso lo confundimos con otras cosas y tenemos miedo de Él. Las tempestades de la vida, lo encrespado de esta, como cuando el lago se embraveció, nos nubla y buscamos consuelo y ayuda en cosas/personas a las que, aun sabiendo que no podrán saciarnos ni consolar nuestro deseo de plenitud, nos aferramos a ellas como si fueran nuestra tabla de salvación, para luego quedar aún más vacíos.
“Habían remado seis kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el lago, y se asustaron”. Habían navegado mucho sin Jesús en la barca. A veces caminamos mucho tiempo en la vida sin tener presente a Dios, confiando en nuestras solas fuerzas, cargando nuestras pilas vitales con nuestra soberbia y autosuficiencia, pero en realidad todo eso es sólo lo que creemos, un espejismo, porque la verdad es que no lo hacemos solos sino con esa parte divina que tenemos, en la medida que participamos del Ser de Dios, al ser sus criaturas, sus hijos; ya que somos, simplemente,  porque somos en Él.
“Pero Él les dijo: Soy yo, no temáis”. Y cuando más solos nos sentimos, cuando pensamos que pereceremos por lo difícil de las situaciones de la vida, descubrimos que es Él quien ha estado siempre con nosotros, que no era nuestra fortaleza sin más la que nos sacaba de las situaciones complicadas, que no éramos solo nosotros los que controlábamos todo sino que desde dentro, en lo profundo de nuestro ser/conciencia está Él, porque Él es el que es, nuestro ser.
Como los místicos afirman y nos enseñan, en la oración contemplativa, en el silencio más profundo del ser, en el encuentro con uno mismo… es dónde mejor lo vamos a descubrir, donde más claro lo vamos a escuchar, porque es el lugar del encuentro. Porque sólo después del encuentro místico en lo profundo de nuestro ser, es cuando podemos ser para los demás.
 
 

viernes, 6 de abril de 2018

¡PAZ a vosotros! (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.

“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial, pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.

Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; no merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.

En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo, el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo y, con lo que ven en ella, apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

sábado, 31 de marzo de 2018

Un final que es el comienzo (Jn 20, 1-9)

Resulta paradójico que lo que más nos cuesta creer a los cristianos, es precisamente lo único que nos hace cristianos. Es curioso como el hombre-cristiano celebra la muerte con todo sentimiento, llora y acompaña a los familiares que han perdido al ser querido, consuela con palabras humanas: “Es ley de vida” decimos…; “Hay que ser fuertes en estos momentos…” y expresiones así que, en realidad, sabemos que no consuelan, pero el caso es que no se nos ocurren otras en esos momentos; y, en la mayoría de los casos, guardamos silencio y reducimos nuestro pésame a un abrazo o una mirada de complicidad.
Es comprensible que el misterio de la muerte nos abata y nos deje sin palabras. Pero no ha de ser así, porque los cristianos debemos tener palabras de consuelo real y fe que, precisamente, se ha de hacer más fuerte en esos momentos. Porque si el Hijo del hombre es el Cristo, es precisamente porque colma la muerte de Vida y no porque padeció en una cruz.
 “Y vio la losa quitada del sepulcro…”. Jesús es Dios encarnado, y esa humanidad tiene su culmen precisamente en que se encarnó para resucitar y descubrirnos lo que hay detrás de nuestras losas de piedra y mármol, cuando pensamos que ya todo es oscuridad. Porque si un cristiano no cree firmemente que la muerte ya no es una losa sino la puerta abierta a la plenitud de la Vida, no es digno de llamarse cristiano.
No nos engañemos. Un cristiano no es el que es bueno sin más, ni el que ayuda al necesitado, ni siquiera el que se sacrifica por los demás. Todo eso es necesario para que un cristiano sea fiel a lo que Jesús quiso para la humanidad, pero no tiene sentido si no lo hacemos teniendo como horizonte y desde la alegría de sabernos salvados por medio de la resurrección.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No hemos de sentirnos culpables si, a veces, nuestra fe en la resurrección se ve acompañada de dudas.
Ni siquiera los que le habían acompañado de cerca, los discípulos, pueden aceptar o  “permitirse el lujo” de no estar tristes ante la muerte. Cuando llega la muerte no hay motivo para la alegría, ni siquiera después de una vida larga, llena de bendiciones, se nos ocurre darle gracias a Dios. A veces los cristianos perdemos la perspectiva de lo que significa la muerte, o en lo que Cristo la ha convertido.
“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”. Cuando descubres el inmenso gozo que supone que la Palabra se encarne y tome sentido en tu vida, que no se queda en algo que pasó hace miles de años sino que se actualiza cada día en tu vida y te ves reflejado/a en ella, no puedes sino ser plenamente feliz y actuar en consecuencia, y ahí es donde se  nota que somos cristianos, porque entiendes que lo que Cristo dijo e hizo, también te pasará a ti. Y, por supuesto, eso incluye una tumba vacía.
La vida plena, sin limitaciones, que alcanzaremos con la resurrección, hemos de darle sentido desde y con la vida que como humanos nos vamos fraguando. Porque la esperanza en la resurrección nunca ha de ser una excusa para maltratar la vida humana. Eso ha pasado y, desgraciadamente, sigue pasando hoy en algunos credos y religiones que, por querer alcanzar fanáticamente la vida eterna (creyéndose mártires), se maltrata/mata la vida que tanto amó Dios-Jesús. Porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo al mundo” para vivir desde el amor.
Es posible que los cristianos estemos “locos” por creer en un Dios encarnado, que vive y muere como hombre, y que después creamos que resucita. Pero qué maravilloso es vivir esta locura de amor, sabiendo que el sentido de una vida lo da su final, y que dicho final es la resurrección.
 

sábado, 24 de marzo de 2018

El Rey de los judíos (Mc 15, 1-39)

“Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes….prepararon la sentencia…y lo entregaron a Pilato”. Da la impresión de que deliberaron qué hacer con Jesús toda la noche, y que al final de la misma es cuando decidieron entregarlo con acusaciones claras. En realidad, tanto las acusaciones, sentencia y condena las tenían muy claras desde hacía tiempo. Jesús ya era conocido y llevaba mucho tiempo resultando incómodo, por tanto, de haberlo podido sentenciar antes, o si sólo hubiese dependido de la autoridad religiosa y no hubiesen tenido que rendir cuentas ante las romanas, lo hubiesen matado antes.
¿No es verdad que a veces tenemos guardadas las cosas-ofensas y malestares? Creemos que no somos rencorosos pero, en realidad, estamos esperando la oportunidad de sacar esos “trapos sucios” para sentirnos mejor, acusar o simplemente hacer ver que seguimos molestos por algo. Ante estas acusaciones Jesús calla porque sabe del corazón y los rencores humanos, Él mismo afirma, en el relato de Juan, que todo lo ha dicho abiertamente y que habían tenido ocasión de conversar con Él y no lo hicieron. Pero muchas veces no queremos conversar, solo acusar, porque puede más nuestro dolor que las ganas de arreglar las cosas.
“¿Eres tú el rey de los judíos?”. Es una acusación absolutamente reiterativa. Aparece constantemente en los evangelios. Acusan a Jesús de haberse autoproclamado rey de los judíos. Evidentemente, esto es algo muy elaborado puesto que la figura del rey tenía connotaciones religioso-mesiánicas, el rey era ungido, elegido por Dios, representaba la unidad del pueblo de la Alianza (tenía tintes tanto religiosos como políticos). Esta acusación, por tanto, era más grave de lo que parecía y Jesús nunca diría de sí mismo que era rey de los judíos.
“Pues ¿qué mal ha hecho?”. Da la impresión de que Pilato intenta disculpar o al menos esquivar la condena a muerte de Jesús, es decir, se nos muestra a un Pilato con cierto interés en Jesús intentando darle oportunidades, pero realmente los romanos, más aún el gobernador, no tenían ningún interés por los judíos más allá de mantener la calma y no provocar disturbios. Quizás, en el fondo, Pilato sabía que detrás de la petición de condena a muerte de Jesús había muchos intereses y falsas acusaciones, pero en esto también él se jugaba su puesto frente al emperador, por tanto, no toma partido más allá de lavarse la manos, como señal de desinterés, y entregarlo a los sacerdotes, a la religión judía.
Qué curiosa esa entrega a la religión. Se supone que es la que ha de hacer justicia en nombre de Dios, la que debe mostrar misericordia y benevolencia y, sin embargo, Pilato entrega a Jesús a una institución corrupta e interesada, a sabiendas. Condenar a Dios en nombre de Dios ¡Increíble fracaso religioso! Hemos de cuidar nuestras instituciones religiosas para no erigirnos en jueces de nadie, porque eso sólo le compete a Dios. Nuestra religión cristiana ha sentenciado y condenado durante siglos, y me atrevería a decir que aún quedan resquicios, pero eso ha de convertirse en amor y corrección fraterna (la forma de hacer y decir las cosas, aún con el mismo resultado, es muy importante).
“El velo del templo se rasgó en dos”.  Es ahí, en el punto más alto de la corrupción religiosa, en el momento de la elevación de la cruz de donde pende Dios, donde la religión se fragmenta. No se puede aguantar tanta hipocresía y dolor, no se pude permitir que los hombres decidan por Dios. El templo que custodiaba la Alianza de Dios con los hombres se rompe como señal de ruptura del pacto. Es necesario  volver a empezar, es necesaria una limpieza de las instituciones humanas, que Dios vuelva a renacer-Resucitar para así renovar a los hombres y sus religiones.

sábado, 17 de marzo de 2018

¿Aceptar, asumir, resignarse...? ¿Vivir? (Jn 12, 20-33)

Evidentemente, aunque sea algo sabido que Juan redactara su evangelio después de que pasaran los hechos y que la perspectiva e intenciones de los evangelios, en cualquiera de ellos, van más allá de la mera  información o redacción; en este relato Juan también quiere mostrar que Jesús conocía su destino y que, pese al miedo y sufrimientos humanos comprensibles, lo aceptó y lo encajó dentro de su misión y su persona.
Como he propuesto en reflexiones anteriores, no se puede entender del todo lo que quiere mostrarnos la Palabra si no la situamos en relación a lo anterior y posterior. Anteriormente a lo que nos cuenta Juan en este pasaje, Jesús veía como su persona y misión eran discutidas y confundidas. Unos le aceptaban, otros al menos daban el beneficio de la duda y había quienes  directamente lo negaban. El caso es que los ánimos estaban ya caldeados, y Jesús se ve con poco tiempo para todo lo que la grandeza del reino exigía transmitir y enseñar.
“Señor, queremos ver a Jesús”. En medio de esta vorágine de dudas y confusiones (aceptaciones y rechazos) que provocaba Jesús, unos gentiles (griegos probablemente) quieren conocerlo. Jesús aprovecha la ocasión para anunciar su destino y exponer alguna de las condiciones que exige su seguimiento; además, lo hace de forma apremiante porque se está consumiendo el tiempo.
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…”. Es necesario que cada uno “muera” a sí mismo, a sus egoísmos y sus cosas, para que se dé fruto. No se puede ser feliz si con los demás estamos mal. Cuanto más felices hacemos a los demás más felices somos nosotros ¿Cómo es posible que siendo desprendido, dándose del todo y siendo generoso, se pueda encerrar  tanto “egoísmo positivo” y ganar felicidad personal?
Lo que hace grande a Jesús como humano es que sabe aceptar las consecuencias de sus actos y su propia misión. Él no lo acepta con resignación sino asumiendo que la categoría humana reacciona según de qué manera ante ciertas situaciones. Jesús conoce el miedo humanos, también el suyo, los temores, desconfianzas, traiciones y debilidades pero también confía en la bondad. Es por eso, porque conoce el mecanismo del ser humano, por lo que acepta su destino con una templanza que sigue sorprendiéndonos.
¿Cómo afrontamos nosotros las tribulaciones?
“El que quiera servirme que me siga”. El que sirve, está dónde está Dios; esta es la mejor manera de seguir a Jesús. Servir es la mejor manera de ser cristiano. Si hacemos de nuestra vida un servicio constante  a los demás, dice Jesús: “el Padre le premiará”.

jueves, 8 de marzo de 2018

Lo inútil de rechazar la Verdad (Jn 3, 14-21)

Entenderemos mejor este pasaje del evangelio de Juan si somos conscientes de la conversación que mantienen, justo antes de esto, Nicodemo y Jesús.
Jesús le asegura a Nicodemo que es necesario nacer de lo Alto, nacer de nuevo, renovarse, porque si esto no se hace no es posible ver el reino de Dios. Si no hay una profunda y verdadera conversión de corazón, si se sigue con los esquemas, creencias, prácticas y conceptos pasados, no es posible ni aceptar, ni descubrir, ni participar del reino. Y se lo dice precisamente a un principal de entre los fariseos. Evidentemente todos, incluidos los fariseos, veían los signos y palabras de Jesús y, en el fondo, lo admiraban aunque las formas no fueran las esperadas. Por eso Jesús les pide, antes de nada, conversión de corazón, que nazcan de nuevo. Es necesario un nuevo nacimiento espiritual para dejar nuestras ideas, y así hacer sitio en nosotros a Dios y la novedad que, cada día, nos ofrece.
“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente…así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. La serpiente en el mundo egipcio era símbolo de curación y antídoto contra la enfermedad. Moisés colocó una serpiente de bronce en un poste y la elevó, para que fuera mirada por aquellos que estaban envenenados y así ser curados. Así, el mismo Dios hecho Hombre, es también levantado en un madero para que todo aquel que quiera salvarse lo haga por la fe en el Hijo amado del Padre; Él es el antídoto para la salvación.
“El que cree en Él no será condenado, el que no cree ya se ha condenado”. El hombre, los hombres nos condenamos muchas veces  con nuestras actitudes, pero también con nuestras omisiones. Por eso, el que conociendo la Verdad y la Luz no se deja guiar por ellas se está condenado a vivir en la mediocridad de guiarse y rodearse de cosas y personas que no llenan en plenitud, ni pueden ofrecer nada más allá de lo humano.
El que conociendo la Verdad reniega de ella sabe que su vida no será plena porque ya ha conocido la Verdad, porque estará escapando siempre sabiendo que puede estar mejor pero que, por comodidades menores o egoísmos completamente terrenos, está viviendo en la penumbra que crea  la Luz; está viviendo a la sombra de la Verdad que ya conoce.
Conocemos a Jesús y el proyecto del reino, y si actuamos en contra de él estamos anteponiendo nuestros planes a Dios.
Dios no quiere el mal del mundo, no ha venido para condenar sino para dar Vida, para salvar. Por  eso Dios envía a su propio Hijo entre nosotros, entre TOD@S nosotros, en mitad del mundo. Para que por Él y solo por Él encontremos la salvación. La Iglesia es un medio para la salvación, pero el único necesario e imprescindible es Jesús de Nazaret; su Amor, reflejo del Padre,  es el camino necesario para vivir en la plenitud de la verdad.

viernes, 2 de marzo de 2018

El comercio de lo sagrado (Jn 2, 13-25)

“Estaba próxima la Pascua de los judíos…”. La Pascua para los judíos era y es una de sus fiestas principales. Jerusalén triplicaba su población, ya que para un judío no sólo era un precepto sino un gozo el poder subir al monte santo en el que se hallaba el templo y ofrecer sus holocaustos en la morada de Dios, en el Sancta Sanctorum.
En este escenario Jesús, como buen judío, sube a Jerusalén para orar en el templo, pero cuando llega, nos dice el evangelio de Juan, se encuentra una estampa digna de uno de nuestros mayores centros comerciales. Jesús no puede soportar el ver cómo, al pasar la puerta que separa la ciudad del recinto del templo, cambia completamente de mundo; Jesús se encuentra una algarabía de gentes y mercancías  pregonadas y ofertadas al mejor postor.
El templo que lo era todo para los judíos pero que vivía, en muchas ocasiones, a costa de los mismos. En el mismo templo se compraba la oveja que luego se iba a sacrificar.  Pero esa ofrenda obligatoria para la “salvación”, no era una ofrenda del todo ni libre ni justa ya que los “grandes” podían ofrecer los mejores frutos y terneros cebados, y los pobres simplemente un par de tórtolas. Jesús sabía que algunas ofrendas no eran sino ofrendas de temor a Dios, un temor inculcado por sus mismos sacerdotes. Porque los sacerdotes eran los que aceptaban que los vendedores estuvieran en el recinto sagrado vendiendo lo que luego ellos iban a consumir ¿Quizás de lo vendido exigirían comisión? Jesús sabía de la corrupción de algunos sacerdotes y fue eso lo que no pudo soportar, ya que aquel escenario era debido a la permisividad e intereses de aquellos que más ejemplo debían dar y que, de alguna manera, comerciaban con la fe del pueblo de Dios.
Desde mi pequeñez y desde el conocimiento y estudio de la historia de nuestra comunidad eclesial, le doy gracias a Dios porque, si bien en épocas pasadas nuestra Iglesia se asemejaba más a este pasaje evangélico en el que algunos miembros del sanedrín eran más banqueros que ejemplo para el pueblo, creo que hoy la Iglesia ha iniciado una profunda revisión y cambio con el que pretende acercarse, cada vez más, al Jesús indignado con tanta hipocresía. Pero  también le pido a Dios que nos de la fuerza necesaria para que las cuestiones más banales de nuestro mundo no conviertan a nuestra comunidad en una mercancía más. No es ningún secreto que nuestra sociedad y nuestra política, quiero creer que no es así en nuestras comunidades, está llena de corruptos que se lucran con el dinero de la gente sencilla que ignora y confía.
“Y haciendo de cuerdas un látigo…”. Parece que nos atrae más un Jesús con el látigo del que habla Juan, de hecho es el único evangelista que habla del látigo en este relato, que quizás un Jesús más tranquilo o diplomático. Sin embargo Jesús va más allá del látigo (algo que sinceramente hoy y siempre me ha costado entender y que creo que puede tener poca base histórica). Quizás el látigo fue más moral, más de reproche y crítica hacia la clase sacerdotal que hacia los vendedores. Parece que dotando a Jesús de sentimientos y reacciones tan humanas como la rabia o la ira nos sentimos mejor, o lo hacemos más cercano o entendible. No es que quiera yo quitarle humanidad a la figura de Cristo, “verdadero Hombre y verdadero Dios”, pero creo que el punto intermedio no está tanto en el látigo, como en lo que significa este. De todas formas reacciones parecidas son ya anunciadas por los grandes profetas (Jeremías, Zacarías…) “El celo por tu casa me devorará” (Salmo 69).
Jesús rompe con la inflexible y cerrada tradición de su pueblo que “encerraba” a Dios, no sólo en un templo, sino también en un arca. Jesús nos propone sentir y descubrir a Dios en cualquier parte, en nosotros mismos. Nosotros somos la mejor arca donde habita Dios. Ese es el santuario en el que Dios está, en ti, en cada uno de nosotros.
“Pero Jesús no se confiaba con ellos…porque él sabe lo que hay dentro del hombre”. Nadie mejor que el Dios-Hombre, Jesús de Nazaret, sabe lo que como humanos nos pierde y nos hace débiles; nadie mejor que Él sabe de las debilidades y traiciones humanas. Jesús ha visto como, mientras de sus manos salían signos visibles, era venerado por los que le seguían, pero desde el principio era consciente del miedo, debilidad y traiciones humanas. En el momento más delicado le dejarían sólo y eso es algo que tenía asumido.
Es muy probable que lo acontecido en este episodio de Jesús fuera el detonante de su captura, tortura y condena a muerte, por que como afirma Enrique Martínez Lozano: “No se trató de una purificación del templo sino de algo más radical, de la pretensión de acabar con la religión y el culto basados en el sacrificio”.
¿En qué queda lo humano cuando abandonamos a los que nos necesitan? Hay miles de manos clamando justicia en nuestro mundo por unas causas u otras, pero nosotros y nuestras limitaciones hacen que esas injusticias sean dobles. En nuestras manos está el que no repitamos la historia una y otra vez, y que quién ponga su confianza en nosotros no sea defraudado.

sábado, 24 de febrero de 2018

Transfigurarse para bajar a la realidad (Mc 9, 2-10)

Si hemos seguido durante la semana el proceso de la Palabra que la liturgia nos ha facilitado, tanto el evangelista Mateo como Lucas nos han mostrado a un Jesús que marca una clara diferencia entre lo de “antes” y lo de “ahora”, nos presentan a un Jesús que, en cierta manera, rompe con el pasado o al menos quiere renovarlo actualizándolo y purificándolo en el presente. Frases como “Habéis oído decir…pero yo os digo…” o “Si no sois mejores que los letrados y fariseos…” son la evidencia de todo esto. Es evidente que Jesús tiene absoluta conexión con el pasado de su pueblo, y sin su pasado no se le puede entender, pero también es evidente que no se queda en el pasado.
El relato de la transfiguración hunde su sentido más profundo en la tradición, tanto en la forma como en el fondo, pero mira a un futuro de gloria que no ignora los momentos difíciles por los que se ha de pasar antes.
“Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús”. Estamos ante una teofanía, la manifestación del poder de Dios al estilo del Antiguo Testamento, pero ahora, para recordarnos que el Hijo participa de la gloria del Padre, y así queda atestiguado también por Elías y Moisés. Pasado y presente en una manifestación que mira al futuro renovado por la resurrección que todo lo hace nuevo y todo lo purifica.
“¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres chozas”. Resulta curioso que, después de una manifestación tan extraordinaria con la que nadie se quedaría impasible, y que serviría para atestiguar de por vida lo vivido, algunos de los discípulos que acompañaron a Jesús al Tabor, como Santiago y Pedro, le negaron y abandonaron tiempo después en sus momentos más difíciles. Por eso creo que no es tanto la manifestación celestial literalmente redactada lo que vivieron (ya que es más bien un relato concebido como las teofanías o hierofanías del Antiguo Testamento) sino que más bien vivieron un momento pleno, un momento de esos idílicos en la vida de los que no quieres que terminen. De esos momentos en los que estás con las personas y en el lugar adecuados y nos gustaría que durara para siempre. Sin embargo, todo en la vida no es gloria, hay también cruz.
 “Este es mi Hijo amado…”. De nuevo, otra vez, como en el momento del bautismo de Jesús,  la voz del Padre deja clara la absoluta relación entre Jesús y lo Alto. Ahora hay una invitación: “Escuchadlo”.
Tenemos el corazón de piedra y aunque rogamos a Dios que nos dé un corazón de carne, muchas veces no ponemos todas nuestras fuerzas en escuchar lo que Él quiere de nosotros. “Lo que Dios quiera…” solemos decir, pero muchas veces es lo que nosotros queremos. Hacemos gala de nuestra libertad, libertinaje en ocasiones, y llegamos incluso a hacernos dueños de las vidas ajenas.
“No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Para resucitar a la vida eterna, hay que morir a esta vida. Los discípulos discuten sobre el sentido de las palabras de Jesús entorno a la resurrección porque no les entra en la cabeza que Jesús, del que han experimentado su divinidad en ese preciso momento, tenga que morir.
Aunque los evangelios sinópticos no nos dicen el nombre del monte de la transfiguración, la tradición cristiana identifica dicho monte  con el Tabor. Desde MiTabor7, este blog, quiero sentirme como Pedro, Santiago y Juan con Jesús. Así me siento cada vez que reflexiono este es el lugar donde mi oración se hace escritura. Pero no me gustaría quedarme aquí, aunque estoy muy a gusto como les pasaba a los discípulos; no debo quedarme porque ya Jesús les dijo, y siento que me dice a mí también, que no puedo instalarme sino que he de bajar y trabajar por y con mis hermanos. Os agradezco de nuevo vuestro apoyo y acompañamiento. Seamos cristianos que, sin huir de las cruces de este mundo, viven más desde la resurrección y desde la gloria del evangelio porque sólo así podemos ser testigos creíbles.
 

sábado, 17 de febrero de 2018

La necesidad del desierto (Mc 1, 12-15)

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”. Así comienza Jesús su ministerio en el evangelio de Marcos. Parece que el retirarse al desierto no fue iniciativa única de Jesús, sino que fue llamado-empujado, invitado a ir, y fue.
Hoy para nosotros, sobre todo para la cultura occidental, la imagen del desierto lejos de toda imagen exótica, es sinónimo de agobio, penurias, calores insoportables y aridez; pero para la cultura oriental, y más aún para un judío en tiempo de Jesús, lo que predominada del desierto no eran esas características secundarias y colaterales sino que el desierto era sinónimo de encuentro  con Dios y con uno mismo, de purificación.
En el desierto se fraguó el pueblo de Israel. Los grandes patriarcas llevaron a cabo parte de sus misiones en el desierto, en el desierto entienden Abraham y Moisés cual es su misión. Jesús es llamado al desierto por el Espíritu de Dios que ha llamado antes a otros, para descubrir su misión sin torpezas ni distracciones humanas.
“Se quedó cuarenta días…”. También estamos familiarizados con el número cuarenta en relación a muchos aspectos, sobre todo en el Antiguo Testamento: años de una vida, años de peregrinación… No es casualidad, por tanto, que fueran cuarenta los días que Jesús pasó en el desierto. Dicho número simboliza una vida, una etapa completa, el tiempo necesario para saber que has tenido una vida larga bendecida por Dios.
Los cristianos, quiero creer que cada vez menos, estamos acostumbrados a vivir las cosas porque nos las han enseñado así pero a veces, aunque aprendidas, no han sido profundizadas y entendidas en su origen. Vivir una etapa, la cuaresma, de cuarenta días es lo mismo que vivirla de sesenta o de quince si no sabemos el porqué lo hacemos, si no conocemos nuestras raíces judías.
“Vivía entre alimañas y lo ángeles le servían”. Con esta afirmación Marcos deja entender claramente que la misión y la presencia de Jesús entre los hombres (en muchas ocasiones alimañas para nosotros mismos; “el hombre lobo para el hombre”) no fue fácil, pero era una misión guiada y bendecida por Dios, y por eso sus ángeles le servían. Sólo de esta manera se puede entender la fortaleza de Jesús hasta la cruz. Sólo cuando estamos sostenidos, cuando nuestros planes no son meramente humanos sino que son bendecidos y queridos por Dios, es cuando podemos superar cualquier prueba, aunque nos cueste la vida.
“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”. Una vez arrestado Juan, Jesús habla claro y comienza a hacer pública la gran noticia del reino. Lo que se esperaba durante siglos ya está cerca y Jesús lo ha cumplido, se ha cumplido el plazo. Pero para recibir el reino de Dios hay que convertirse, hay que convertir la tristeza y el luto en alegría, porque lo que se nos presenta es una Buena noticia, un evangelio (Gracias a Marcos nos llega el concepto de evangelio). Dios nos quiere como a hijos y eso no nos lo habían dicho antes así de claro, sino que más bien convenía mantener la imagen de un dios frío, distante y fácilmente colérico que muy pocas veces mostraba su benevolencia.
La iglesia habla de un Dios amor pero a veces no es reflejo del mismo. Nos falta amor y corrección fraterna de la buena. Nos comportamos como alimañas entre nosotros y no terminamos de entender que ya es tiempo de amar, es tiempo de hablar, es tiempo de entender y comprender, es tiempo de Evangelio, de Buenas Noticias.

sábado, 10 de febrero de 2018

"Si tú quieres..." (Mc 1, 40-45)


La fama de Jesús se extendía por toda la región de Galilea y más allá. Algo que Jesús ya no podía controlar ni parar fácilmente, por mucho que pidiera explícitamente que no trascendieran algunas de las cosas que hacía.
“Si tú quieres puedes limpiarme”. Lo importante es la actitud de la gente que se acerca a Jesús, del leproso en este pasaje. Esa petición a Jesús va precedida de un acto de fe, reconocimiento y confianza en Él. Por eso Jesús se compadece, le atiende porque encuentra en el hombre la actitud adecuada, la aceptación de Dios en su vida.
En muchas ocasiones los hombres actuamos al margen de Dios, le podemos reconocer de una manera superficial pero no hay una aceptación real en nuestras vidas; en el fondo no creemos que Dios está en nuestro día a día, y esa no es una actitud que favorezca la actuación de Dios en nosotros; no es que no quiera sino que no le dejamos actuar. Pedimos a Dios “milagros” pero no caemos en la cuenta de que el primer milagro sólo puede salir de nosotros, el milagro de la fe.
“No se lo digas a nadie…”.  La famosa cuestión teológica del secreto mesiánico del que tanto se habla en los círculos eruditos, pero que muy pocas veces queda clara del todo, la estamos viendo últimamente con frecuencia en los relatos del evangelio, sobre todo en Marcos. Para mí, secreto mesiánico y autoconciencia de Jesús van estrechamente unidos. Jesús va asumiendo poco a poco su misión, va descubriendo poco a poco los efectos que producen su persona, sus palabras y acciones en la gente; es algo que necesita ir encajando, y así lo comparte con el Padre, en constante oración.
Es difícil encajar que hay vidas que dependen de ti, que hay mucha gente que ha puesto en ti su confianza y su única esperanza. En nuestro día a día nos comen las responsabilidades, y no pocos tenemos en nuestras manos a personas frágiles, sensibles, en proceso. Sabemos que depende de lo que digamos y cómo hagamos las cosas así serán los frutos en un futuro no muy lejano. Constante oración, eso es lo que necesitamos. Una oración activa, que nuestro día a día sea puesto en manos de Dios y no caigamos en la tentación de confiar en nuestras solas fuerzas sino que todo nuestro hacer sea una oración puesta en manos del Padre.
Lo importante ahora no es transmitir los rápidos efectos de la llegada del Reino ya que esos efectos sólo los ven y ocurren en unos pocos, los que ya han descubierto por si mismos a Dios en sus vidas, por eso manda callar. Lo importante ahora es que se sepa que el Reno está llegando, ya está aquí, y que si eso se descubre  y se vive (volvemos a la fe) producirá sus efectos con el tiempo  (Aquí adquiere su sentido más pleno, una vez más, la parábola del sembrador Mc 4, 1-9).
“…pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote…”. Jesús no quiere romper con todas las normas y preceptos humanos pero tampoco quiere anteponerlas ni que las antepongamos a Dios. Lo primero es lo primero.
Jesús acepta y asume las normas-reglas humanas que sirven para ejercer la justicia y el orden entre todos, pero no le da importancia e incluso rechaza aquellas que anteponen el rito a la persona. Primero está la compasión y acompañamiento, y después certificar oficialmente la limpieza al sacerdote.
A Jesús no le entendieron, no entendieron sus prioridades y por eso le persiguieron y condenaron. La religión de su época (preguntémonos si también la de la nuestra) se perdía entre abluciones y sacrificios, y olvidaba la compasión y la misericordia. Lo primero y más importante era “dios” y luego la persona pero olvidaban que Dios está en la persona y que la persona es parte de Dios.
 
 



viernes, 2 de febrero de 2018

La oración como Encuentro (Mc 1, 29-39)

Aunque el texto no lo dice explícitamente, seguimos en el mismo escenario, Cafarnaún. Allí, como comenté en otras ocasiones tenía Simón (Pedro) su casa, y es allí donde se dirigió Jesús, a casa de amigos-seguidores-discípulos. Jesús se queda entre la gente humilde, duerme, come y es acogido en las casas particulares, se sienta a la mesa de todos, no solo de unos pocos; no sólo a la mesa de aquellos  que eran más favorables e incondicionales suyos. Jesús entra y comparte la mesa (uno de los signos de fraternidad y aceptación del otro más humanos y universales) con pecadores, publicanos, fariseos… y también amigos-familiares.
Cuando sólo compartimos con “los nuestros”, dice Jesús: “¿qué mérito tenemos?”. Caemos en un error, el error de la comodidad y el de no descubrir lo bueno de otros. Si no entramos “dentro de” y sólo nos quedamos en la puerta, en la apariencia, jamás sabremos lo bueno que hay en las casas (en el interior de la persona), lo  que nos pueden ofrecer otros que no consideramos nuestros amigos.
“Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. La curación de la suegra de Pedro, junto con el pasaje de la curación en la sinagoga, hace que Jesús sea reclamado a todas horas y en todos los lugares: “La población entera se agolpaba a la puerta”. A nivel humano esto es algo que Jesús necesita gestionar.  Jesús necesita compartir también con el Padre su propia misión. Él busca lugares solitarios, lugares que le  ayuden a encontrarse con la presencia de Dios; en la naturaleza-desierto (obra de sus manos), pasaba horas-noches en soledad. Hemos de entender que el encuentro con Dios, la oración aunque tenga una dimensión comunitaria, ha de ser antes algo muy personal, buscado y querido.
Jesús tenía la constante necesidad de la oración. Lo vemos en el evangelio de forma permanente. Ese encuentro-oración es lo que da sentido y forma a toda su actividad con la gente después. Los cristianos no debemos abandonar la oración, el diálogo sincero con el Padre. El abandono de la oración supone no darle sentido a nuestra vida, no poner en las manos de Dios nuestras cosas.
“Todo el mundo te busca. Él respondió: vamos a otra parte”. Jesús no busca la fama ni reconocimiento de la gente, más bien parece que huyera de eso. Se centra en su misión con premura e intenta no quedarse en la vanagloria pasajera.
Hemos de intentar no buscar constantemente el aplauso y elogios de los otros porque eso resta, a  veces, frescura y autenticidad al mensaje central, a lo importante. Cuando estamos más pendientes de nosotros  y de cómo lo hacemos, caemos en anteponer los intereses personales a la tarea por el Reino.
Ojalá algún día entendamos que el mejor púlpito de una iglesia no está hecho de mármol ni ha de ser un escaparate de aparente dignidad sino que el cristiano, con el lastre de todas sus miserias humanas, ha de buscar el pulpito de la soledad y la oración a escondidas, porque allí es donde está el Padre. Ese es el único púlpito que nos puede hacer proclamar con energía sin esperar recibir elogios en donde ya hemos testimoniado. Porque la tarea del Reino urge, porque la tarea del Reino no entiende de méritos personales.
 
 

viernes, 26 de enero de 2018

La autoridad de Jesús (Mc 1, 21-28)

“Llegó Jesús a Cafarnaún…”. Cafarnaún fue para Jesús un lugar de referencia; Él dejó Nazaret para anunciar el Reino, pero quizás encontró en Cafarnaún un lugar donde poder reponerse, visitar amigos y familiares, intercambiar impresiones-vivencias y conocimientos con los viajeros que paraban en la ciudad, ya que Cafarnaún era ciudad fronteriza y en aquel tiempo una ciudad de unos 1500-2000 habitantes (bastantes en aquel momento). Se dice que también tenía Pedro allí su casa.
Sea como fuere, lo que sí está claro es que el relato resalta que Jesús se acercó a la sinagoga porque era sábado. Aunque hoy lo vivamos, casi todo, de una manera tan institucionalizada, en tiempos de Jesús la lectura y explicación de la Escritura no estaba reservada sólo a los letrados y ancianos, sino que podía realizarla otro varón de la comunidad, o viajero que estuviese de paso por aquella ciudad, que tuviera reconocido prestigio o simplemente como muestra de acogida.
Otra cuestión sería el análisis de la palabra sinagoga (keneset) ya que podría hacer referencia más a la comunidad-asamblea humana que al edificio físico; pero no es objeto de esta reflexión y por tanto obviaré el tema.
“No enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. Es una afirmación muy clara en el evangelio. No hemos de evitar la comparación que el mismo relato muestra. El pueblo se cansa, desconecta e incluso ignora las palabras de los letrados, de los sabios y doctos porque no vienen de la vivencia coherente, porque no transmiten vida sino preceptos y normas que ellos no viven, porque no hablan con autoridad sino con voces altisonantes y juicios teóricos, sin reparar en la persona ni la corrección fraterna. ¿De dónde le viene la autoridad a Jesús? ¿Por qué le siguen y distinguen de los letrados?
¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Es muy importante aquí la distinción entre el Tú y el nosotros; el “nosotros” hace referencia a un grupo.
Esta salida de tono de uno de los presentes en la sinagoga, ocurre inmediatamente después de que Jesús enseña y algunos se quedan asombrados de dicha enseñanza. La autoridad y enseñanzas de Jesús asombran a unos y hacen temer a otros. Lo que enseñó Jesús no es lo que estaban acostumbrados a escuchar, les descuadra, les enseñaba otras cosas y desde otros puntos de vista ¿De dónde salía esa enseñanza? No solo hay una forma de enseñar y vivir la Palabra de Dios. El “espíritu inmundo” se siente frágil y cuestionado. Sólo alguien que vive con fanatismo es capaz de increpar lo que Dios quiere. Jesús es interrumpido por el hombre que vive con cerrazón fanática porque se siente tocado por dentro, porque lo que dice Jesús está lleno de vida y contra eso no puede nada.
¿Qué quieres de nosotros, de mi; Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nuestros prejuicios, juicios a los otros, con nuestras incoherencias, con nuestra falta de escrúpulos y moralinas baratas que encuentran su lugar en dónde tendrías que estar Tú?
“Calla y sal de él”. Sal, sal de la boca que dice lo que no piensa, sal de la mente que está atada porque otros quieren atarlo, sal y se libre, sal y acoge y vive la Palabra de Dios en tu vida y no como otros (el nosotros del texto) quieren que la vivas. La Palabra de Dios está viva porque  descubres que te interpela y que puedes leerla y vivirla desde otros puntos de vista. Tus amigos los letrados te han anulado. Es como reconocer que Jesús habla desde la Verdad y reconocer quién es, y por otro lado no poder seguirle, no querer escucharle ¿Hay miedos en la comunidad?
El endemoniado es un claro ejemplo de alienado social, de humano manipulado, de un atado interior, “¡Sal de él!”.
No hay nada como sentirse libre, porque sólo ahí es donde puede hacerse presente Dios. Él no quiere cárceles, ni físicas ni psíquicas. Esto no implica vivir con un desorden moral y social, todo lo contrario, porque cuando se escucha con sinceridad y libertad la Palabra, no se puede sino vivir acorde a Ella porque Dios está contigo, es parte de ti.
La paradoja vuelve de nuevo al evangelio, como en otras muchas ocasiones, por un lado Jesús manda callar porque aún no es la hora de hablar de ciertas cosas pero por otro lado “su fama se extendió enseguida por todas partes…”.
 
 

sábado, 20 de enero de 2018

"Se ha cumplido el plazo...! (Mc 1, 14-20)

Resultan curiosos los movimientos de Jesús. En pasajes anteriores le vimos en las regiones del centro-sur recibiendo el bautismo, y ahora sube a Galilea, al norte, para comenzar a anunciar la “Buena noticia de Dios”. Él nace en el sur, Belén de Judá, y seguramente después durante su infancia viviera en el norte, pero a los doce años le vemos en el templo enseñando a los doctores (por tanto de nuevo en el sur). Continuamente de norte a sur con parada en el centro, Samaría, y viceversa.
Lo que está claro es que Jesús conocía muy bien su tierra, a su gente. Sabía de los problemas de la gente sencilla (norteños y sureños), sabía de sus necesidades, anhelos  y esperanzas.
La palabra “evangelion” significa buena noticia. Pero cuando esa buena noticia viene de Dios es doblemente buena para un pueblo que estaba acostumbrado a noticias malas, a fardos pesados, sentimientos de culpa… que venían creados por los representantes de Dios, por el Templo, por la religión.
Nadie con un mínimo de sensatez invita a seguir e imitar su estilo de vida si no tiene claro lo que quiere. Y desde luego también al contrario, tampoco se muestra mucha cordura si se sigue a alguien que no transmite esa seguridad y fortaleza. “Venid y lo veréis” pudimos escuchar la semana pasada en la Palabra, y ahora es aún más claro “Venid y os haré pescadores de hombres”.
Jesús tiene claro su proyecto para instaurar el Reino. Esa claridad no fue cosa de dos días ni algo improvisado. Los movimientos de Jesús a los que me refería antes, le sirvieron para saber por dónde debía comenzar, a quién llamar y qué decir y proclamar.
Sabemos que Jesús no era un rabino al uso, Él llamaba y buscaba a sus discípulos en los lugares y ambientes menos habituales para los rabinos de su época. Entre la gente humilde, ignorantes en la lectura y escritura pero conocedores de la realidad del pueblo, porque ellos eran parte del mismo. A Jesús no le van las cátedras y enseñanzas de libro. Jesús prefiere que su cátedra no sea fija, el no tiene escuela propia ni sus oyentes son siempre los mismos todos los días, porque lo que tiene que proclamar no ha de quedarse para unos pocos sino que ha de ser escuchado por todos.
Durante esta semana pasada hemos podido ver lo especial y distinto de Jesús respecto a lo establecido (tanto en lo que se refiere a las normas, como a la relación interpersonal). Hemos visto el concepto del sábado que tiene Jesús y también cómo Él llamó a los que quiso. Que Él llamara no quiere decir que no tuviera seguidores que se acercaron por su propia voluntad a Jesús y fueran acogidos. Lo que si dejaba claro Jesús, de palabra y obra, es que el seguimiento y trabajo por el Reino sería exigente.
Trabajar en y desde el Reino ha de cambiarnos. La Iglesia no puede seguir anquilosada en el miedo al qué dirán, o a no “respetar” la tradición de siglos. Hay conceptos y formas de entender “los sábados” que hay que cambiar ya, siendo conscientes de que eso creará rupturas e incluso divisiones en el seno de la misma comunidad. Pero por otro lado, el seguidor de Jesús tiene que tener claro que el cambio ha de comenzar por él, que no es posible cambiar estructuras comunitarias que han quedado obsoletas sin un cambio personal. No sería demasiado coherente ni justo el pedir un cambio a la iglesia como comunidad, que el cambio empiece por otros, y a nivel personal no mover ficha, quedarse e instalarse en la comodidad de la crítica fácil. El Reino empieza por ti, por cada uno de nosotros, porque Cristo sigue llamando de manera personal, porque Él se acerca a tu cotidianidad, se acerca cuando estás repasando las redes de tu rutina diaria y te invita a dejar lo que estás haciendo “Ven y sígueme”; ahora depende de ti el dejar las redes y seguirlo.
La Buena Noticia no es algo que haya que esperar sino que ya está presente en tu vida, solo has de descubrir que Dios forma parte de ella, aceptarte como eres, aceptar a los demás y creer que dentro de todas las vidas está el Dios de la Vida. Para ello es necesaria la conversión de la mera racionalidad-mentalidad, de nuestros prejuicios y seguridades (“dogmas cotidianos”), a lo universal del corazón.

viernes, 12 de enero de 2018

"Venid y lo veréis" (Jn 1, 35-42)

Evidentemente, nos situamos ante un relato ya muy elaborado por la tradición, demasiado directo quizás para los oyentes de hoy. El reconocimiento y rotundidad de Juan al presentar a Jesús: “Este es el cordero de Dios”; y la inmediatez del seguimiento de los discípulos de Juan hacia Jesús, nos resulta cuanto menos curiosa. Esta actitud de obediencia y reconocimiento por parte de todos (tanto de Juan como de sus discípulos al seguir a otro maestro) parece increíble. Evidentemente la realidad fue otra, ya que son sabidos los recelos de algunos de los discípulos de Juan cuando él mismo se deshace de todo protagonismo y muestra a sus discípulos a quién han de seguir. Los discípulos de Juan le seguían porque eran de su línea porque les gustaba su estilo, porque estaban de acuerdo con él. Jesús era de otra manera, tenía otra forma de vivir y anunciar las cosas, y es evidente que el “cambio” de maestro no fue del todo gustoso al principio, más bien lo hicieron por obediencia a Juan que no dudó ni un momento en reconocer la autoridad de Jesús.
Jesús pregunta: ¿qué buscáis?” Y los discípulos de Juan responden con otra pregunta: ¿dónde vives?”. Era una pregunta difícil de responder en dos palabras, pero tampoco se podía responder con demasiadas explicaciones; era necesario y conveniente que lo vieran ellos mismos: “Venid y lo veréis”.
Jesús, el de Nazaret, ya no vivía en ningún sitio. Ahora el mundo, los caminos, los pueblos y casas de aquellos que lo quisieran acoger, el cielo raso de las noches más frías o las más calurosas era el lugar de la vivencia del Reino, el lugar donde vivía Jesús. Estos dos discípulos parece ser que le siguen, no les asustan las vicisitudes ni el estilo de vida que exige el seguimiento radical de Jesús  pero, aunque en este relato no se mencione, no fue así con todos los discípulos de Juan ni otros seguidores potenciales; muchos también se dieron la vuelta en el camino y vieron que no estaban hechos para tal vivencia, para no tener casa, para despojarse de todo…
No puedo evitar acordarme de la vida consagrada en estos momentos. El estilo de vida radical en el seguimiento de Cristo. Parece que hoy flaquean las vocaciones en lugares de tibieza espiritual y por otro lado, en lugares de “radicalidad”, florecen comunidades que saben lo que quieren, cansadas de lo mundano y lo superficial.
“Hemos encontrado al Mesías”. Así es como Andrés describe a Jesús, sin titubeos, ante su hermano Simón (Pedro). Esta declaración y reconocimiento es propia de un relato, el de Juan, que se escribe ya en una situación asumida de una comunidad, de fe cristiana, que reconoce y vive a Cristo.
Parece que hoy en día hay que tener cuidado al utilizar la palabra radical o radicalidad; parece que, si la utilizamos, estamos siendo miembros de algún grupo peligroso o al menos sospechoso. Sin embargo, el seguimiento de Cristo conlleva vivir con tintes de radicalidad bien entendida, no tanto como intransigencia sino más bien en su acepción de vivir la raíz, lo fundamental, alejándonos de lo superfluo y centrándonos en el fundamento.
Gracias a la vida consagrada por vuestro seguimiento radical, por vuestro ejemplo y demostración de que hoy es más necesario que nunca vivir el Reino desde la raíz.

sábado, 6 de enero de 2018

Resurgir del agua (Mc 1, 7-11)

Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado la venida del mesías de forma triunfal y apocalíptica.
En este relato del bautismo reaparecen algunos de estos rasgos en la forma (género literario) de contar las cosas. Sin embargo, aquí subyace una necesidad de anuncio por otro motivo, la humildad de la llegada, la manera silenciosa y poco habitual de la hierofanía real de Dios en Jesús.
Es como si Juan necesitase advertir que el que tenía que llegar, el mesías, “el que puede más que yo…” llegaría detrás de él. Necesidad de avisar por si la llegada humilde pudiera pasar desapercibida para el pueblo; porque, además, el llegar “detrás de” no solía ser muy habitual en las personas importantes que, por serlo, eran los primeros. El bautismo de agua que practicaba él, bautismo de hombres, no tiene parangón con la fuerza del perdón de los pecados y la misericordia de Dios.
Acabamos de celebrar la Navidad, la manera humilde de llegar Dios a la tierra. En su vida adulta, pública, Jesús no deja de lado esa humildad y se presenta sin ruidos, sin truenos ni estruendos.
Los que hemos tenido la oportunidad de pisar los santos lugares y hemos estado en el Jordán y sus orillas, en el lugar donde tradicionalmente se realizaban bautizos colectivos en tiempos de Juan y Jesús, nos hemos visto casi obligados a desechar las grandezas y adornos literarios de los relatos y nuestra imaginación, que otorgan al lugar, a los lugares, una belleza idílica. Cuando te ves allí, en mitad del desierto, respirando, viendo, oliendo, sintiendo, viviendo…cotidianidad y normalidad, comienzas a descubrir al Jesús de las sandalias.
“Apenas salió del agua…”. Como una nueva vida que emerge del agua con toda su fuerza. La puesta en escena de Jesús en la tierra  de forma “oficial” hace que se rasgue el cielo (a eso me refería antes con lo de las reminiscencias del Antiguo Testamento en el género literario). La presencia de Jesús entre nosotros cambia o ha de cambiar nuestra visión del cielo y la tierra, del cosmos.
Jesús no se pone en la fila de los que van a ser bautizados como uno más por una cuestión de tradición ritual (porque además ese tipo de bautismos, de profetas populares, no eran oficiales ni obligatorios) sino porque verdaderamente había entendido que su vida debía cambiar, había cambiado, y que la vivencia y pregón del Reino exigía un cambio radical que comenzaba con ese símbolo público del resurgir del agua.
Dios llega para rasgar nuestros esquemas y jerarquías celestes y terrestres con el fuego del Espíritu que ha de nacer de lo más íntimo del ser. Ya no basta con un gesto externo que nos invita a la conversión y limpieza rituales con agua. Ahora el bautismo de Espíritu rasga nuestro ser porque nace de dentro y ha de dar sus frutos fuera.
La humildad de Juan: “No merezco ni agacharme para desatarle las sandalias”, es el comienzo de la actitud que requiere el Reino de Dios, es la continuidad del humilde nacimiento y un preámbulo de lo que tenía que llegar.
En la Iglesia no nos debería preocupar tanto el secularismo y las fórmulas para evitarlo, los hermanos que se “apartan” de Dios, sino que más bien deberíamos trabajar unidos para cambiar lo que, desde dentro, hace que haya hermanos que no nos reconozcan como tal.
La Iglesia ha retomado el bautismo del agua con la invocación y presencia del Espíritu Santo. Agua y fuego se unen en una nueva creación para infundir en el bautizado la fuerza necesaria para cambiar su vida, la vida. La Iglesia ha de ser un río de agua viva, un nuevo Jordán, que haga renacer en el Espíritu y la unidad a sus hijos.