sábado, 17 de febrero de 2018

La necesidad del desierto (Mc 1, 12-15)

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”. Así comienza Jesús su ministerio en el evangelio de Marcos. Parece que el retirarse al desierto no fue iniciativa única de Jesús, sino que fue llamado-empujado, invitado a ir, y fue.
Hoy para nosotros, sobre todo para la cultura occidental, la imagen del desierto lejos de toda imagen exótica, es sinónimo de agobio, penurias, calores insoportables y aridez; pero para la cultura oriental, y más aún para un judío en tiempo de Jesús, lo que predominada del desierto no eran esas características secundarias y colaterales sino que el desierto era sinónimo de encuentro  con Dios y con uno mismo, de purificación.
En el desierto se fraguó el pueblo de Israel. Los grandes patriarcas llevaron a cabo parte de sus misiones en el desierto, en el desierto entienden Abraham y Moisés cual es su misión. Jesús es llamado al desierto por el Espíritu de Dios que ha llamado antes a otros, para descubrir su misión sin torpezas ni distracciones humanas.
“Se quedó cuarenta días…”. También estamos familiarizados con el número cuarenta en relación a muchos aspectos, sobre todo en el Antiguo Testamento: años de una vida, años de peregrinación… No es casualidad, por tanto, que fueran cuarenta los días que Jesús pasó en el desierto. Dicho número simboliza una vida, una etapa completa, el tiempo necesario para saber que has tenido una vida larga bendecida por Dios.
Los cristianos, quiero creer que cada vez menos, estamos acostumbrados a vivir las cosas porque nos las han enseñado así pero a veces, aunque aprendidas, no han sido profundizadas y entendidas en su origen. Vivir una etapa, la cuaresma, de cuarenta días es lo mismo que vivirla de sesenta o de quince si no sabemos el porqué lo hacemos, si no conocemos nuestras raíces judías.
“Vivía entre alimañas y lo ángeles le servían”. Con esta afirmación Marcos deja entender claramente que la misión y la presencia de Jesús entre los hombres (en muchas ocasiones alimañas para nosotros mismos; “el hombre lobo para el hombre”) no fue fácil, pero era una misión guiada y bendecida por Dios, y por eso sus ángeles le servían. Sólo de esta manera se puede entender la fortaleza de Jesús hasta la cruz. Sólo cuando estamos sostenidos, cuando nuestros planes no son meramente humanos sino que son bendecidos y queridos por Dios, es cuando podemos superar cualquier prueba, aunque nos cueste la vida.
“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”. Una vez arrestado Juan, Jesús habla claro y comienza a hacer pública la gran noticia del reino. Lo que se esperaba durante siglos ya está cerca y Jesús lo ha cumplido, se ha cumplido el plazo. Pero para recibir el reino de Dios hay que convertirse, hay que convertir la tristeza y el luto en alegría, porque lo que se nos presenta es una Buena noticia, un evangelio (Gracias a Marcos nos llega el concepto de evangelio). Dios nos quiere como a hijos y eso no nos lo habían dicho antes así de claro, sino que más bien convenía mantener la imagen de un dios frío, distante y fácilmente colérico que muy pocas veces mostraba su benevolencia.
La iglesia habla de un Dios amor pero a veces no es reflejo del mismo. Nos falta amor y corrección fraterna de la buena. Nos comportamos como alimañas entre nosotros y no terminamos de entender que ya es tiempo de amar, es tiempo de hablar, es tiempo de entender y comprender, es tiempo de Evangelio, de Buenas Noticias.

sábado, 10 de febrero de 2018

"Si tú quieres..." (Mc 1, 40-45)


La fama de Jesús se extendía por toda la región de Galilea y más allá. Algo que Jesús ya no podía controlar ni parar fácilmente, por mucho que pidiera explícitamente que no trascendieran algunas de las cosas que hacía.
“Si tú quieres puedes limpiarme”. Lo importante es la actitud de la gente que se acerca a Jesús, del leproso en este pasaje. Esa petición a Jesús va precedida de un acto de fe, reconocimiento y confianza en Él. Por eso Jesús se compadece, le atiende porque encuentra en el hombre la actitud adecuada, la aceptación de Dios en su vida.
En muchas ocasiones los hombres actuamos al margen de Dios, le podemos reconocer de una manera superficial pero no hay una aceptación real en nuestras vidas; en el fondo no creemos que Dios está en nuestro día a día, y esa no es una actitud que favorezca la actuación de Dios en nosotros; no es que no quiera sino que no le dejamos actuar. Pedimos a Dios “milagros” pero no caemos en la cuenta de que el primer milagro sólo puede salir de nosotros, el milagro de la fe.
“No se lo digas a nadie…”.  La famosa cuestión teológica del secreto mesiánico del que tanto se habla en los círculos eruditos, pero que muy pocas veces queda clara del todo, la estamos viendo últimamente con frecuencia en los relatos del evangelio, sobre todo en Marcos. Para mí, secreto mesiánico y autoconciencia de Jesús van estrechamente unidos. Jesús va asumiendo poco a poco su misión, va descubriendo poco a poco los efectos que producen su persona, sus palabras y acciones en la gente; es algo que necesita ir encajando, y así lo comparte con el Padre, en constante oración.
Es difícil encajar que hay vidas que dependen de ti, que hay mucha gente que ha puesto en ti su confianza y su única esperanza. En nuestro día a día nos comen las responsabilidades, y no pocos tenemos en nuestras manos a personas frágiles, sensibles, en proceso. Sabemos que depende de lo que digamos y cómo hagamos las cosas así serán los frutos en un futuro no muy lejano. Constante oración, eso es lo que necesitamos. Una oración activa, que nuestro día a día sea puesto en manos de Dios y no caigamos en la tentación de confiar en nuestras solas fuerzas sino que todo nuestro hacer sea una oración puesta en manos del Padre.
Lo importante ahora no es transmitir los rápidos efectos de la llegada del Reino ya que esos efectos sólo los ven y ocurren en unos pocos, los que ya han descubierto por si mismos a Dios en sus vidas, por eso manda callar. Lo importante ahora es que se sepa que el Reno está llegando, ya está aquí, y que si eso se descubre  y se vive (volvemos a la fe) producirá sus efectos con el tiempo  (Aquí adquiere su sentido más pleno, una vez más, la parábola del sembrador Mc 4, 1-9).
“…pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote…”. Jesús no quiere romper con todas las normas y preceptos humanos pero tampoco quiere anteponerlas ni que las antepongamos a Dios. Lo primero es lo primero.
Jesús acepta y asume las normas-reglas humanas que sirven para ejercer la justicia y el orden entre todos, pero no le da importancia e incluso rechaza aquellas que anteponen el rito a la persona. Primero está la compasión y acompañamiento, y después certificar oficialmente la limpieza al sacerdote.
A Jesús no le entendieron, no entendieron sus prioridades y por eso le persiguieron y condenaron. La religión de su época (preguntémonos si también la de la nuestra) se perdía entre abluciones y sacrificios, y olvidaba la compasión y la misericordia. Lo primero y más importante era “dios” y luego la persona pero olvidaban que Dios está en la persona y que la persona es parte de Dios.
 
 



viernes, 2 de febrero de 2018

La oración como Encuentro (Mc 1, 29-39)

Aunque el texto no lo dice explícitamente, seguimos en el mismo escenario, Cafarnaún. Allí, como comenté en otras ocasiones tenía Simón (Pedro) su casa, y es allí donde se dirigió Jesús, a casa de amigos-seguidores-discípulos. Jesús se queda entre la gente humilde, duerme, come y es acogido en las casas particulares, se sienta a la mesa de todos, no solo de unos pocos; no sólo a la mesa de aquellos  que eran más favorables e incondicionales suyos. Jesús entra y comparte la mesa (uno de los signos de fraternidad y aceptación del otro más humanos y universales) con pecadores, publicanos, fariseos… y también amigos-familiares.
Cuando sólo compartimos con “los nuestros”, dice Jesús: “¿qué mérito tenemos?”. Caemos en un error, el error de la comodidad y el de no descubrir lo bueno de otros. Si no entramos “dentro de” y sólo nos quedamos en la puerta, en la apariencia, jamás sabremos lo bueno que hay en las casas (en el interior de la persona), lo  que nos pueden ofrecer otros que no consideramos nuestros amigos.
“Se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. La curación de la suegra de Pedro, junto con el pasaje de la curación en la sinagoga, hace que Jesús sea reclamado a todas horas y en todos los lugares: “La población entera se agolpaba a la puerta”. A nivel humano esto es algo que Jesús necesita gestionar.  Jesús necesita compartir también con el Padre su propia misión. Él busca lugares solitarios, lugares que le  ayuden a encontrarse con la presencia de Dios; en la naturaleza-desierto (obra de sus manos), pasaba horas-noches en soledad. Hemos de entender que el encuentro con Dios, la oración aunque tenga una dimensión comunitaria, ha de ser antes algo muy personal, buscado y querido.
Jesús tenía la constante necesidad de la oración. Lo vemos en el evangelio de forma permanente. Ese encuentro-oración es lo que da sentido y forma a toda su actividad con la gente después. Los cristianos no debemos abandonar la oración, el diálogo sincero con el Padre. El abandono de la oración supone no darle sentido a nuestra vida, no poner en las manos de Dios nuestras cosas.
“Todo el mundo te busca. Él respondió: vamos a otra parte”. Jesús no busca la fama ni reconocimiento de la gente, más bien parece que huyera de eso. Se centra en su misión con premura e intenta no quedarse en la vanagloria pasajera.
Hemos de intentar no buscar constantemente el aplauso y elogios de los otros porque eso resta, a  veces, frescura y autenticidad al mensaje central, a lo importante. Cuando estamos más pendientes de nosotros  y de cómo lo hacemos, caemos en anteponer los intereses personales a la tarea por el Reino.
Ojalá algún día entendamos que el mejor púlpito de una iglesia no está hecho de mármol ni ha de ser un escaparate de aparente dignidad sino que el cristiano, con el lastre de todas sus miserias humanas, ha de buscar el pulpito de la soledad y la oración a escondidas, porque allí es donde está el Padre. Ese es el único púlpito que nos puede hacer proclamar con energía sin esperar recibir elogios en donde ya hemos testimoniado. Porque la tarea del Reino urge, porque la tarea del Reino no entiende de méritos personales.
 
 

viernes, 26 de enero de 2018

La autoridad de Jesús (Mc 1, 21-28)

“Llegó Jesús a Cafarnaún…”. Cafarnaún fue para Jesús un lugar de referencia; Él dejó Nazaret para anunciar el Reino, pero quizás encontró en Cafarnaún un lugar donde poder reponerse, visitar amigos y familiares, intercambiar impresiones-vivencias y conocimientos con los viajeros que paraban en la ciudad, ya que Cafarnaún era ciudad fronteriza y en aquel tiempo una ciudad de unos 1500-2000 habitantes (bastantes en aquel momento). Se dice que también tenía Pedro allí su casa.
Sea como fuere, lo que sí está claro es que el relato resalta que Jesús se acercó a la sinagoga porque era sábado. Aunque hoy lo vivamos, casi todo, de una manera tan institucionalizada, en tiempos de Jesús la lectura y explicación de la Escritura no estaba reservada sólo a los letrados y ancianos, sino que podía realizarla otro varón de la comunidad, o viajero que estuviese de paso por aquella ciudad, que tuviera reconocido prestigio o simplemente como muestra de acogida.
Otra cuestión sería el análisis de la palabra sinagoga (keneset) ya que podría hacer referencia más a la comunidad-asamblea humana que al edificio físico; pero no es objeto de esta reflexión y por tanto obviaré el tema.
“No enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. Es una afirmación muy clara en el evangelio. No hemos de evitar la comparación que el mismo relato muestra. El pueblo se cansa, desconecta e incluso ignora las palabras de los letrados, de los sabios y doctos porque no vienen de la vivencia coherente, porque no transmiten vida sino preceptos y normas que ellos no viven, porque no hablan con autoridad sino con voces altisonantes y juicios teóricos, sin reparar en la persona ni la corrección fraterna. ¿De dónde le viene la autoridad a Jesús? ¿Por qué le siguen y distinguen de los letrados?
¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Es muy importante aquí la distinción entre el Tú y el nosotros; el “nosotros” hace referencia a un grupo.
Esta salida de tono de uno de los presentes en la sinagoga, ocurre inmediatamente después de que Jesús enseña y algunos se quedan asombrados de dicha enseñanza. La autoridad y enseñanzas de Jesús asombran a unos y hacen temer a otros. Lo que enseñó Jesús no es lo que estaban acostumbrados a escuchar, les descuadra, les enseñaba otras cosas y desde otros puntos de vista ¿De dónde salía esa enseñanza? No solo hay una forma de enseñar y vivir la Palabra de Dios. El “espíritu inmundo” se siente frágil y cuestionado. Sólo alguien que vive con fanatismo es capaz de increpar lo que Dios quiere. Jesús es interrumpido por el hombre que vive con cerrazón fanática porque se siente tocado por dentro, porque lo que dice Jesús está lleno de vida y contra eso no puede nada.
¿Qué quieres de nosotros, de mi; Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nuestros prejuicios, juicios a los otros, con nuestras incoherencias, con nuestra falta de escrúpulos y moralinas baratas que encuentran su lugar en dónde tendrías que estar Tú?
“Calla y sal de él”. Sal, sal de la boca que dice lo que no piensa, sal de la mente que está atada porque otros quieren atarlo, sal y se libre, sal y acoge y vive la Palabra de Dios en tu vida y no como otros (el nosotros del texto) quieren que la vivas. La Palabra de Dios está viva porque  descubres que te interpela y que puedes leerla y vivirla desde otros puntos de vista. Tus amigos los letrados te han anulado. Es como reconocer que Jesús habla desde la Verdad y reconocer quién es, y por otro lado no poder seguirle, no querer escucharle ¿Hay miedos en la comunidad?
El endemoniado es un claro ejemplo de alienado social, de humano manipulado, de un atado interior, “¡Sal de él!”.
No hay nada como sentirse libre, porque sólo ahí es donde puede hacerse presente Dios. Él no quiere cárceles, ni físicas ni psíquicas. Esto no implica vivir con un desorden moral y social, todo lo contrario, porque cuando se escucha con sinceridad y libertad la Palabra, no se puede sino vivir acorde a Ella porque Dios está contigo, es parte de ti.
La paradoja vuelve de nuevo al evangelio, como en otras muchas ocasiones, por un lado Jesús manda callar porque aún no es la hora de hablar de ciertas cosas pero por otro lado “su fama se extendió enseguida por todas partes…”.
 
 

sábado, 20 de enero de 2018

"Se ha cumplido el plazo...! (Mc 1, 14-20)

Resultan curiosos los movimientos de Jesús. En pasajes anteriores le vimos en las regiones del centro-sur recibiendo el bautismo, y ahora sube a Galilea, al norte, para comenzar a anunciar la “Buena noticia de Dios”. Él nace en el sur, Belén de Judá, y seguramente después durante su infancia viviera en el norte, pero a los doce años le vemos en el templo enseñando a los doctores (por tanto de nuevo en el sur). Continuamente de norte a sur con parada en el centro, Samaría, y viceversa.
Lo que está claro es que Jesús conocía muy bien su tierra, a su gente. Sabía de los problemas de la gente sencilla (norteños y sureños), sabía de sus necesidades, anhelos  y esperanzas.
La palabra “evangelion” significa buena noticia. Pero cuando esa buena noticia viene de Dios es doblemente buena para un pueblo que estaba acostumbrado a noticias malas, a fardos pesados, sentimientos de culpa… que venían creados por los representantes de Dios, por el Templo, por la religión.
Nadie con un mínimo de sensatez invita a seguir e imitar su estilo de vida si no tiene claro lo que quiere. Y desde luego también al contrario, tampoco se muestra mucha cordura si se sigue a alguien que no transmite esa seguridad y fortaleza. “Venid y lo veréis” pudimos escuchar la semana pasada en la Palabra, y ahora es aún más claro “Venid y os haré pescadores de hombres”.
Jesús tiene claro su proyecto para instaurar el Reino. Esa claridad no fue cosa de dos días ni algo improvisado. Los movimientos de Jesús a los que me refería antes, le sirvieron para saber por dónde debía comenzar, a quién llamar y qué decir y proclamar.
Sabemos que Jesús no era un rabino al uso, Él llamaba y buscaba a sus discípulos en los lugares y ambientes menos habituales para los rabinos de su época. Entre la gente humilde, ignorantes en la lectura y escritura pero conocedores de la realidad del pueblo, porque ellos eran parte del mismo. A Jesús no le van las cátedras y enseñanzas de libro. Jesús prefiere que su cátedra no sea fija, el no tiene escuela propia ni sus oyentes son siempre los mismos todos los días, porque lo que tiene que proclamar no ha de quedarse para unos pocos sino que ha de ser escuchado por todos.
Durante esta semana pasada hemos podido ver lo especial y distinto de Jesús respecto a lo establecido (tanto en lo que se refiere a las normas, como a la relación interpersonal). Hemos visto el concepto del sábado que tiene Jesús y también cómo Él llamó a los que quiso. Que Él llamara no quiere decir que no tuviera seguidores que se acercaron por su propia voluntad a Jesús y fueran acogidos. Lo que si dejaba claro Jesús, de palabra y obra, es que el seguimiento y trabajo por el Reino sería exigente.
Trabajar en y desde el Reino ha de cambiarnos. La Iglesia no puede seguir anquilosada en el miedo al qué dirán, o a no “respetar” la tradición de siglos. Hay conceptos y formas de entender “los sábados” que hay que cambiar ya, siendo conscientes de que eso creará rupturas e incluso divisiones en el seno de la misma comunidad. Pero por otro lado, el seguidor de Jesús tiene que tener claro que el cambio ha de comenzar por él, que no es posible cambiar estructuras comunitarias que han quedado obsoletas sin un cambio personal. No sería demasiado coherente ni justo el pedir un cambio a la iglesia como comunidad, que el cambio empiece por otros, y a nivel personal no mover ficha, quedarse e instalarse en la comodidad de la crítica fácil. El Reino empieza por ti, por cada uno de nosotros, porque Cristo sigue llamando de manera personal, porque Él se acerca a tu cotidianidad, se acerca cuando estás repasando las redes de tu rutina diaria y te invita a dejar lo que estás haciendo “Ven y sígueme”; ahora depende de ti el dejar las redes y seguirlo.
La Buena Noticia no es algo que haya que esperar sino que ya está presente en tu vida, solo has de descubrir que Dios forma parte de ella, aceptarte como eres, aceptar a los demás y creer que dentro de todas las vidas está el Dios de la Vida. Para ello es necesaria la conversión de la mera racionalidad-mentalidad, de nuestros prejuicios y seguridades (“dogmas cotidianos”), a lo universal del corazón.

viernes, 12 de enero de 2018

"Venid y lo veréis" (Jn 1, 35-42)

Evidentemente, nos situamos ante un relato ya muy elaborado por la tradición, demasiado directo quizás para los oyentes de hoy. El reconocimiento y rotundidad de Juan al presentar a Jesús: “Este es el cordero de Dios”; y la inmediatez del seguimiento de los discípulos de Juan hacia Jesús, nos resulta cuanto menos curiosa. Esta actitud de obediencia y reconocimiento por parte de todos (tanto de Juan como de sus discípulos al seguir a otro maestro) parece increíble. Evidentemente la realidad fue otra, ya que son sabidos los recelos de algunos de los discípulos de Juan cuando él mismo se deshace de todo protagonismo y muestra a sus discípulos a quién han de seguir. Los discípulos de Juan le seguían porque eran de su línea porque les gustaba su estilo, porque estaban de acuerdo con él. Jesús era de otra manera, tenía otra forma de vivir y anunciar las cosas, y es evidente que el “cambio” de maestro no fue del todo gustoso al principio, más bien lo hicieron por obediencia a Juan que no dudó ni un momento en reconocer la autoridad de Jesús.
Jesús pregunta: ¿qué buscáis?” Y los discípulos de Juan responden con otra pregunta: ¿dónde vives?”. Era una pregunta difícil de responder en dos palabras, pero tampoco se podía responder con demasiadas explicaciones; era necesario y conveniente que lo vieran ellos mismos: “Venid y lo veréis”.
Jesús, el de Nazaret, ya no vivía en ningún sitio. Ahora el mundo, los caminos, los pueblos y casas de aquellos que lo quisieran acoger, el cielo raso de las noches más frías o las más calurosas era el lugar de la vivencia del Reino, el lugar donde vivía Jesús. Estos dos discípulos parece ser que le siguen, no les asustan las vicisitudes ni el estilo de vida que exige el seguimiento radical de Jesús  pero, aunque en este relato no se mencione, no fue así con todos los discípulos de Juan ni otros seguidores potenciales; muchos también se dieron la vuelta en el camino y vieron que no estaban hechos para tal vivencia, para no tener casa, para despojarse de todo…
No puedo evitar acordarme de la vida consagrada en estos momentos. El estilo de vida radical en el seguimiento de Cristo. Parece que hoy flaquean las vocaciones en lugares de tibieza espiritual y por otro lado, en lugares de “radicalidad”, florecen comunidades que saben lo que quieren, cansadas de lo mundano y lo superficial.
“Hemos encontrado al Mesías”. Así es como Andrés describe a Jesús, sin titubeos, ante su hermano Simón (Pedro). Esta declaración y reconocimiento es propia de un relato, el de Juan, que se escribe ya en una situación asumida de una comunidad, de fe cristiana, que reconoce y vive a Cristo.
Parece que hoy en día hay que tener cuidado al utilizar la palabra radical o radicalidad; parece que, si la utilizamos, estamos siendo miembros de algún grupo peligroso o al menos sospechoso. Sin embargo, el seguimiento de Cristo conlleva vivir con tintes de radicalidad bien entendida, no tanto como intransigencia sino más bien en su acepción de vivir la raíz, lo fundamental, alejándonos de lo superfluo y centrándonos en el fundamento.
Gracias a la vida consagrada por vuestro seguimiento radical, por vuestro ejemplo y demostración de que hoy es más necesario que nunca vivir el Reino desde la raíz.

sábado, 6 de enero de 2018

Resurgir del agua (Mc 1, 7-11)

Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado la venida del mesías de forma triunfal y apocalíptica.
En este relato del bautismo reaparecen algunos de estos rasgos en la forma (género literario) de contar las cosas. Sin embargo, aquí subyace una necesidad de anuncio por otro motivo, la humildad de la llegada, la manera silenciosa y poco habitual de la hierofanía real de Dios en Jesús.
Es como si Juan necesitase advertir que el que tenía que llegar, el mesías, “el que puede más que yo…” llegaría detrás de él. Necesidad de avisar por si la llegada humilde pudiera pasar desapercibida para el pueblo; porque, además, el llegar “detrás de” no solía ser muy habitual en las personas importantes que, por serlo, eran los primeros. El bautismo de agua que practicaba él, bautismo de hombres, no tiene parangón con la fuerza del perdón de los pecados y la misericordia de Dios.
Acabamos de celebrar la Navidad, la manera humilde de llegar Dios a la tierra. En su vida adulta, pública, Jesús no deja de lado esa humildad y se presenta sin ruidos, sin truenos ni estruendos.
Los que hemos tenido la oportunidad de pisar los santos lugares y hemos estado en el Jordán y sus orillas, en el lugar donde tradicionalmente se realizaban bautizos colectivos en tiempos de Juan y Jesús, nos hemos visto casi obligados a desechar las grandezas y adornos literarios de los relatos y nuestra imaginación, que otorgan al lugar, a los lugares, una belleza idílica. Cuando te ves allí, en mitad del desierto, respirando, viendo, oliendo, sintiendo, viviendo…cotidianidad y normalidad, comienzas a descubrir al Jesús de las sandalias.
“Apenas salió del agua…”. Como una nueva vida que emerge del agua con toda su fuerza. La puesta en escena de Jesús en la tierra  de forma “oficial” hace que se rasgue el cielo (a eso me refería antes con lo de las reminiscencias del Antiguo Testamento en el género literario). La presencia de Jesús entre nosotros cambia o ha de cambiar nuestra visión del cielo y la tierra, del cosmos.
Jesús no se pone en la fila de los que van a ser bautizados como uno más por una cuestión de tradición ritual (porque además ese tipo de bautismos, de profetas populares, no eran oficiales ni obligatorios) sino porque verdaderamente había entendido que su vida debía cambiar, había cambiado, y que la vivencia y pregón del Reino exigía un cambio radical que comenzaba con ese símbolo público del resurgir del agua.
Dios llega para rasgar nuestros esquemas y jerarquías celestes y terrestres con el fuego del Espíritu que ha de nacer de lo más íntimo del ser. Ya no basta con un gesto externo que nos invita a la conversión y limpieza rituales con agua. Ahora el bautismo de Espíritu rasga nuestro ser porque nace de dentro y ha de dar sus frutos fuera.
La humildad de Juan: “No merezco ni agacharme para desatarle las sandalias”, es el comienzo de la actitud que requiere el Reino de Dios, es la continuidad del humilde nacimiento y un preámbulo de lo que tenía que llegar.
En la Iglesia no nos debería preocupar tanto el secularismo y las fórmulas para evitarlo, los hermanos que se “apartan” de Dios, sino que más bien deberíamos trabajar unidos para cambiar lo que, desde dentro, hace que haya hermanos que no nos reconozcan como tal.
La Iglesia ha retomado el bautismo del agua con la invocación y presencia del Espíritu Santo. Agua y fuego se unen en una nueva creación para infundir en el bautizado la fuerza necesaria para cambiar su vida, la vida. La Iglesia ha de ser un río de agua viva, un nuevo Jordán, que haga renacer en el Espíritu y la unidad a sus hijos.