sábado, 23 de septiembre de 2017

El salario de Dios (Mt, 20, 1-16)

Una vez más Dios, Jesús, nos sorprende con su lógica, con su manera de medir y ejercer la justicia. Una vez más Dios se desvincula de los cálculos y las matemáticas humanas para enseñarnos su propia economía, la “economía divina”.
Una lógica que no radica en dar a cada uno lo que merece según sus esfuerzos sino lo que necesita, y en ejercer una bondad que no conoce límites y que asegura, no tanto el “te pago lo que has rendido”, sino la igualdad de oportunidades.
“Id también vosotros a mi viña”. Es cierto que esto nos cuesta comprenderlo y que para nuestro concepto de lo que es justo y lo que no, es duro encajarlo. Pero si Dios nos regala todo lo necesario para vivir en paz y bienestar… ¿Por qué nos ha de molestar que otros tengan también lo necesario para vivir? ¿Por qué molesta que Dios ejerza una bondad que supera todo cálculo humano? Dios no es un gestor que calcula las horas, los días y las obras para después pagar según lo rendido sino que rescata  y ayuda a cada uno cuando lo necesita y nos ofrece, a todos sus hijos, lo que necesitamos para vivir con dignidad. Si unos nos hemos sentido rescatados, mimados, por Dios antes  que otros, no debemos tener envidia ni rencor ante los que han sido llamados después y reciben los mismos beneficios que nosotros.
En la tierra de Jesús, un denario era lo que necesitaban para poder vivir durante un día, para poder tener el pan y alimento necesario para sobrevivir. El jornalero llama a trabajar en su viña y va rescatando del paro a todos aquellos que aceptan su invitación (a unos desde el alba, a otros a mediodía y otros por la tarde); lo importante no es cuando los encuentra sino la aceptación de esa invitación a trabajar en la viña del señor.
“¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?”. Los cristianos hemos estado, y aún lo estamos, asustados (quizás por la herencia recibida del judaísmo veterotestamentario más ortodoxo y las interpretaciones demasiado “humanas” de la Iglesia) pensando que Dios tiene un diario donde va anotando todas nuestras acciones y lo que hacemos o no, para luego ejercer justicia matemática sobre nosotros al final de los tiempos. Ese pensamiento o creencia nos resta libertad y alegría de vivir. Es cierto que, teniendo claro lo que Dios quiere de nosotros, hemos de ser fieles y esforzarnos en trabajar en ese campo al que hemos sido invitados, el Reino, pero quizás hemos de alejarnos de la idea de un Dios que sólo está pendiente de si pecamos  o no, porque estar obsesionados siempre con el pecado nos impide vivir en la alegría y el amor de Dios y hace que nos convirtamos en jueces de los hermanos, más de lo que creemos que pueda serlo Dios.

sábado, 16 de septiembre de 2017

La infinitud del perdón (Mt 18, 21-35)

“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?...”. La pregunta de Pedro a Jesús es una muestra de que los humanos no estamos dispuestos, quizás preparados, para perdonar cualquier ofenda, o las veces que hagan falta, sino que marcamos nuestra paciencia y nuestros topes con un número determinado de ofensas o una acción concreta que creemos imperdonable… Para todo tenemos límites, incluso para la bondad y el actuar con desinterés.
Era conocido que los rabinos, sumos sacerdotes… (Clases altas dedicadas al Templo) tenían un número determinado de ofensas que podían perdonar, eran hasta cuatro, por tanto el número de ofensas que le marca Pedro a Jesús ya superaba la bondad establecida por el Templo. Pero Jesús no se queda ahí, Él no tiene marcas ni límites para el perdón y la misericordia. El número siete ya significaba totalidad pero va mucho más allá: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
Los cristianos tenemos que tener un sentido divino del perdón, y el sentido divino del perdón es la infinitud, porque no hace falta ser cristiano para perdonar, de hecho hay personas que viven a nuestro lado constantemente y que, sin creer en Dios, demuestran una ética digna de reconocimiento y una actitud benévola con aquellos que les hacen mal. La diferencia de la actitud de una buena persona y la de un cristiano es que este último ha de verse reflejado en el modo de actuar de Jesús, de Cristo, a la hora de obrar. Ahí radica la dificultad de ser cristiano pero también es dónde está la grandeza de los hijos de Dios.

sábado, 9 de septiembre de 2017

La corrección fraterna (Mt, 18-15-20)

El tema de la corrección entre los hombres se presta siempre a malos entendidos. Corregir al semejante sin otro ánimo que el bien y el avance de la persona es difícil y delicado, parece como si el humano siempre tuviera algún tipo de interés en beneficio propio que hace que el amor fraterno puramente altruista se presente como un idealismo y utopía, que raramente se da en su más pura esencia.
En el evangelio de Mateo hay casi lo que viene a ser un "modus operandi" en relación a la corrección fraterna. Es preciso que si hemos sido ofendidos por otro, bien directamente o bien como miembros de la comunidad, que este lo sepa para que tenga la oportunidad de poner remedio. De la misma manera es preciso que el tema no trascienda y que quede entre las dos personas afectadas si se ha puesto remedio. Pero muchas veces no es suficiente, y, en algunos casos, es necesario que otros sepan e incluso que toda la comunidad conozca el tema.
Este pasaje viene precedido en el evangelio por otros que están estrechamente relacionados con él y entre sí, y que tienen como tema central el perdón.
Pero ¿Hay ofensas que no tienen margen para el perdón ni personal ni comunitario? ¿Fue ya una segunda oportunidad o no hubo tregua en el caso, de Ananías y Safira, que juzgó el apóstol Pedro?
La comunidad cristiana necesita del perdón mutuo, de la comprensión y de la "humillación" fraterna y entre iguales. Hemos pedido perdón públicamente ante la humanidad en varias ocasiones, en la misma plaza de San Pedro del Vaticano, abrazando la cruz y revestidos con liturgia penitente, pero creo que no sería bueno barrer la puerta de nuestra casa únicamente, teniendo el interior de la misma a falta de mucha limpieza.
Es cierto que gozamos de una Iglesia que reconoce sus culpas y se muestra misericorde, atenta y comprensiva; una Iglesia que mira al futuro con humildad, a la vez que con fuerza y con intenciones reales de ecumenismo, pero hemos de estar atentos también dentro de nuestra casa para no cometer errores que ya hemos cometido en el pasado. Nuestra cerrazón y orgullo nos llevan, a veces, a no asumir el mal provocado y por tanto a la falta de corrección.
Hay un gran riesgo que no ha traído precisamente en muchas ocasiones la unión, sino más bien dispersión, exclusivismos y grupúsculos, al leer e interpretar de forma aislada la frase "donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".
¿Dos miembros de la comunidad, de la jerarquía...o dos ó más humanos sin apellidos confesionales? ¿En medio de quién está Dios? ¿A qué reuniones "va" o con qué grupo de dos ó más está de acuerdo?
Señor, danos luz para encontrarte, danos la suficiente humildad que nos permita reconocerte también en los otros y aceptarte también en medio de ellos. No permitas que nuestra sed de Verdad se confunda con exclusivismo.
 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Ungidos para amar (Mt 16, 21-27)

“Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. Nadie ha dicho que Jesús no tuviera enfrentamientos serios y discusiones con sus discípulos, y creo que este pasaje es una de ellas. Cuando Jesús llega a llamar Satanás a su discípulo Pedro, es porque no puede tolerar, no tiene el tiempo para ello, que sigan con la idea del Mesías que tradicionalmente todo el pueblo de Israel tenía. Esa idea era la del ungido como rey o sumo sacerdote, a imagen de los que habían pasado por la historia hasta el momento.
Pero Jesús tenía que transmitir la idea de que su mesianismo era absolutamente distinto, sería un reinado en la tierra que lideraría a los pobres y oprimidos, a lo más negado y despreciado de la sociedad, el mesías sería la imagen de esa casta descastada y no de los reyes y sacerdotes que vivían intramuros.
Este era el cambio necesario del AT al NT, del judaísmo más tradicional y anquilosado al descubrimiento de un Dios que se da hasta el punto de encontrar la muerte en manos de los hombres. Pero, cuidado, esto no quiere decir que tengamos a un Dios asesino o a falta de compasión con su propio Hijo, que lo entrega hasta a muerte, sino que los hombres no supimos, ni sabemos, descubrir a Dios en lo cotidiano, lo cercano y lo más humilde y despreciado.
“Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. Ciertamente esta afirmación parece radical y excluyente, y en cierta medida lo es pero como cualquier decisión importante en la vida que requiere posicionarse y elegir, aunque la radicalidad aquí reside en la elección y no en la connotación negativa que para nosotros tiene hoy esa palabra.
La sociedades de nuestro tiempo solo se preocupan de sí mismas, me atrevería a decir que en muchos casos incluso cuando lo revisten de acción humanitaria hacia otros. Buscamos nuestra comodidad y nuestro bienestar a tales niveles que vivimos en la sobreabundancia. Y ya no es solo eso sino que nuestros ojos y corazón se están acostumbrando a ver impasiblemente las masacres a través de una pantalla, creyendo que todo eso es ajeno a nosotros. Necesitamos descubrir a Dios en todo ello, en todas las personas que sufren por algún motivo.
Los cristianos tenemos una responsabilidad como bautizados y confirmados (esa es la nueva unción que propone Cristo y no la de los reyes de Israel); esa responsabilidad y vocación es la de detectar el sufrimiento y saber acompañar con alegría y gozo, porque hemos sido ungidos para amar. Que no caigamos en el error de Pedro al no querer descubrir a Jesús en el sufrimiento y la debilidad del mundo y que, por el contrario, como después le pasó al discípulo, sepamos proclamar a Jesús como el nuevo ungido, el Mesías, y estemos dispuestos a desgastar nuestra vida por el proyecto del Reino.

viernes, 25 de agosto de 2017

¿Quién es para tí Jesús? (Mt 16, 13-20)

 
Jesús nunca vivió del qué dirán; no porque no le importara la opinión que de sí tuvieran los demás, sino porque la certeza de su misión superaba cualquier juicio de valor humano. Sin embargo pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Seguramente Jesús imaginaba la respuesta, respuesta confusa, variada, incluso descabellada, había para todas las opiniones. No existía una opinión unánime sobre su persona; la respuesta “bailaba” desde los grandes profetas pertenecientes a la Antigua Alianza, Jeremías, hasta lo más novedoso de la época, Juan Bautista, pero en ese largo intervalo de siglos de historia cabían muchas personalidades y acontecimientos.
La pregunta inicial iba encaminada, no a buscar la respuesta sobre lo que la gente pensaba de Él sino, más bien, a si los suyos sabían con quién estaban y porqué. “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.
Me atrevería a decir que ni el mismo Jesús se esperaba la segura, rápida y enérgica respuesta de Pedro. Precisamente el que mostraba más inseguridades y le planteaba más idas y venidas entorno al seguimiento, fue el que lo reconoció como “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Reconocer en Jesús al Mesías esperado durante siglos no es una imposición colectiva, no es algo fácil por los antecedentes y presentes que vivían los judíos entorno a la figura del esperado. Pedro profesa un acto de fe libre y personal. Dentro de la comunidad de los discípulos cada uno lleva su propio proceso, y él se declara abiertamente seguidor confeso del Mesías, Jesús de Nazaret.
Jesús reconoce este acto de fe en Él, en el Padre, y lo reconoce públicamente dejando claro que lo que acaba de profesar Pedro forma parte de un proceso interno que no depende de grandes doctrinas, elocuentes sabidurías ni enormes inteligencias sino que surge del don de la fe que sólo viene de Dios.
Si el evangelio no supone una interpelación personal constante y actual, no podríamos llamarlo evangelio.
Y tú ¿Quién dices que es Jesús? El credo que profesamos como comunidad cristiana no serían más que palabras elaboradas durante siglos por la Iglesia, y que repetimos en comunidad, pero en realidad algo poco encarnado, impersonalizado, volátil, débil… si no ha sido antes un acto de fe personal, un reconocer a Cristo como el esperado en tu vida; sabiendo que eso traerá consecuencias en la misma y la transformará.
Estoy con el papa Francisco, que como bien dice en la exhortación “Evangelii gaudium”: La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma…”.
La Iglesia debe revisarse tomando como referencia  los primeros tiempos, pero a la luz de los nuevos, para no traicionar su misión dentro de este mundo.
Justo en este pasaje del evangelio de Mateo, Jesús elige la piedra en la que se edificará la comunidad de sus seguidores. Pedro, precisamente en su profesión de fe; no en atención de lo mejor o peor que hablaba a las gentes, no por lo mejor o peor que supiera leer o escribir, convencer, rezar e incluso organizar… No, lo elige por su profesión de fe, por su seguridad al confirmar al Mesías en su propia vida.
Se necesitan hombres y mujeres fuertes (y con fortaleza me refiero a valentía) en la Iglesia, que incluso tengan que “luchar”, remar a contracorriente, dentro de la misma comunidad (como también hizo Pedro en Jerusalén, cuando eran difíciles los comienzos); hombres y mujeres con la fortaleza de la fe, del descubrimiento personal de Cristo que tiene que celebrarse y compartirse en comunidad, pero que nace de lo más íntimo de la persona y su relación con el Padre.
 

jueves, 17 de agosto de 2017

La grandeza de la fe (Mt 15, 21-28)

Cuando Jesús se acerca a territorio pagano (país de Tiro y Sidón) lo hace intencionadamente, este hecho creo que resta frialdad y malas interpretaciones a la afirmación que nos puede descolocar un poco en boca de Jesús: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.
“Ten compasión de mi…Mi hija tiene un demonio muy malo”. El mal no entiende de regiones, ni de religiones, ni de personas… el mal acecha y actúa cuando y con quién menos lo espera. Por eso es necesario reconocer a Dios en las cosas y personas de forma universal ¿Qué quiero decir con esto? Pues que Dios no se encierra en confesiones concretas y cerradas, no ama a unas personas más que a otras ni está con más intensidad en las liturgias más perfectas. Por eso, porque Dios no está en aquellos que practican una religión que consideran “pura” y en post de eso asesinan y atropellan a decenas de personas inocentes que disfrutan de la vida, de lo bueno de la amistad y la familia. Estos que abanderan sus atentados con el nombre del Altísimo creyendo que agradan a Dios, son el mal, el demonio que atormenta a la sociedad. Desde aquí mi recuerdo y oración por  las víctimas de Barcelona y por todas las víctimas del terrorismo. Le pido a Dios que ilumine los corazones de aquellos que creen que lo llevan dentro y que luchan por Él pero lo único que poseen es fanatismo y locura.
“Mujer, qué grande es tu fe”. Dios está con quién lo busca de todo corazón y lo reconoce en la bondad y el amor, en la solidaridad y la compasión. Dios valora la fe pura, no las religiones “puras” porque aquí podemos equivocarnos todos. Cualquier religión que haga daño al ser humano no es digna de llamarse tal, y mucho menos de apropiarse del nombre del Creador, Padre que ama y protege a todos sus hijos sin atender a diferencias.
Con la misma intensidad que lo hizo la mujer cananea, le pido a Dios que acreciente nuestra fe, que nos libre de fanatismos y concepciones cerradas de la divinidad a nuestra imagen. Que nos cure de la soberbia  de creer que tenemos la Verdad en posesión sin haber comprendido antes que Dios es Vida, Amor, Compasión, Solidaridad y Respeto universal.
 

viernes, 11 de agosto de 2017

"Ánimo que soy Yo" (Mt 14, 22-33)

El evangelio, más bien el evangelista Mateo, se asegura bien de que sepamos que Jesús estaba en “la otra orilla” con todo lo que este hecho conlleva. ¿Es una mera referencia geográfica para situar a Jesús? No, ya que ni siquiera se nos dice la zona, población o lugar concreto en donde se encontraban Jesús y sus discípulos. Lo que sí sabemos es que estaban rodeados de  una gran muchedumbre en la otra orilla.
“Después de despedir a la gente, subió al monte a solas a orar”. No es la única ocasión en la que vemos que Jesús cruza el lago de Galilea y se aventura hacia la otra orilla, para rodearse y transmitir la Buena Nueva a otras gentes (no judíos).
Parece como si Jesús quisiera quedarse sólo con aquella gente y despedirlos con calma ¿Es más bien esto o quizás también quería que sus discípulos afrontaran sin Él la travesía del lago? Lo que sí es evidente es que Jesús no tuvo prisa en acompañarles, ya que después de despedir a la gente se retiró a solas a orar. Era muy importante poner en las manos del Padre lo que acababa de hacer, poner en la manos del Padre a tanta gente que lo había escuchado y también a aquellos que ya iban en la barca hacía “tierra segura”. En los evangelios Jesús se retira a orar a solas en momentos importantes y significativos de su misión.
¿Cómo es posible que un grupo de hombres, la mayoría pescadores, teman en medio del lago al agua y al viento? La soledad, el sentimiento de protección y seguridad que les aportaba Jesús se había desvanecido por un momento; Sus dotes de pescadores, dotes humanas, no son suficientes para afrontar ciertos momentos de peligro y soledad. Cuando el viento es contrario, cuando en la vida nos pueden las adversidades, nos superan los acontecimientos y descubrimos nuestra limitación y debilidad, echamos en falta la mano protectora del que sabemos que es el único que puede comprender, acoger y ayudar. Todos nos hemos sentido alguna vez abandonados en mitad de la nada, sin referencias por las que guiarnos en mitad de la noche, sin faros ni guías hacia los  que acudir.
“Y a la cuarta vigilia de la noche…” Ya bien entrada la noche, casi de madrugada (entre las 3 y las 6 de la madrugada) es cuando Jesús decide acercarse, al ver como vacilan las fuerzas y recursos humanos de sus discípulos.
Con frecuencia, perdemos la paciencia y nos abandonamos al mejor postor, a lo primero que nos ofrezca seguridad, y esto hace que cuando tenemos lo que realmente necesitamos delante de nosotros, lo confundamos con espejismos y fantasmas, desconfiemos y nos creamos abandonados del todo. Pedimos pruebas de lo que la evidencia de nuestros ojos nos están mostrando porque tenemos miedo al fracaso, tenemos miedo a arriesgar. Gritamos como niños pidiendo ayuda cuando no reconocemos lo que tanto tiempo hemos estado esperando. Y sólo encontramos consuelo cuando oímos “Ánimo que soy yo…”.
“Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”. No creo que Dios pruebe la fortaleza de nuestra fe; no creo que Dios nos ponga a prueba conscientemente o con la simple intención de ver hasta donde llegamos en relación a Él. Dios no es el verificador de “la fábrica de la fe”, que da el visto bueno a los “productos”-personas resistentes y desecha aquellos que no soportan las adversidades. Pero si creo que Dios, como Padre, nos deja en ciertos momentos “solos” o al menos a cierta distancia para hacernos fuertes, autónomos, adultos en esa fe que ha de ser personal, sincera y llena de fortaleza. Como el padre que enseña al niño a andar, siendo los primeros pasos los más complicados y arriesgados (también para el padre es difícil dejar a su hijo solo para que de los primeros pasos, aunque sólo sean unos segundos; pero si no lo hace así nunca sabrá si su hijo puede caminar sin ayuda).
El camino de la fe está salpicado de amor y sufrimiento al mismo tiempo. La llamada está ahí bien clara: “Ven”, pero cuando la fe titubea, cuando se nos pide un esfuerzo mayor del que creemos que podemos hacer, no es fácil responder a esa llamada sin dudar e incluso caer.
Y después de ver hasta dónde podemos llegar, nos acoge y tiende la mano y nos enseña: “hombre de poca fe…”.
“Subieron a la barca y amainó el viento”. En la barca común de los que nos reunimos entorno a Cristo nos sentimos muchas veces seguros y confiados, pero hemos de saber que la fortaleza de la fe empieza desde el convencimiento personal y el “abandono” en Él, ya que las estructuras humanas no son perfectas; Porque la barca, hecha con manos humanas, puede que algún día vaya a la deriva o naufrague en mitad del lago (aunque esto no pasará si le hacemos un sitio a Él, y desde la barca puede hacer amainar al viento, si hacemos de la barca de la Iglesia una barca fuerte que pueda hacer frente a cualquier tempestad remando en la misma dirección), pero lo que sí es seguro es que, aunque la barca naufrague, si nuestra fe es fuerte, podremos caminar sobre las aguas junto a Él.