sábado, 22 de abril de 2017

¿Ver para creer o creer para ver? (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; Nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.
“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial. Pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.
Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; No merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.
Últimamente ha vuelto el miedo entre hermanos que profesan a Dios, estamos volviendo a repetir la más nefasta de las historias. La humanidad tiene miedo del Islam indiscriminadamente. Algunos matan creyendo que es lo que quiere Dios, pero esos no son dignos de llamarse islámicos porque rompen el deseo más profundo del Dios Padre de todos, la PAZ.
En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo, el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  
“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás, pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo, y con lo que ven en ella apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
 
 

viernes, 14 de abril de 2017

Locura de Amor (Jn 20, 1-9)

 
Resulta paradójico que lo que más nos cuesta creer a los cristianos, es precisamente lo único que nos hace cristianos. Es curioso como el hombre-cristiano celebra la muerte con todo sentimiento, llora y acompaña a los familiares que han perdido al ser querido, consuela con palabras humanas: “Es ley de vida” decimos…; “Hay que ser fuertes en estos momentos…” y expresiones así que, en realidad, sabemos que no consuelan, pero el caso es que no se nos ocurren otras en esos momentos; Y, en la mayoría de los casos, guardamos silencio y reducimos nuestro pésame a un abrazo o una mirada de complicidad.
Es comprensible que el misterio de la muerte nos abata y nos deje sin palabras. Pero no ha de ser así, porque los cristianos debemos tener palabras de consuelo real y fe que, precisamente, se ha de hacer más fuerte en esos momentos. Porque si el Hijo del hombre es el Cristo, es precisamente porque colma la muerte de Vida y no porque padeció en una cruz.
 “Y vio la losa quitada del sepulcro…”. Jesús es Dios encarnado, y esa humanidad tiene su culmen precisamente en que se encarnó para resucitar y descubrirnos lo que hay detrás de nuestras losas de piedra y mármol, cuando pensamos que ya todo es oscuridad. Porque si un cristiano no cree firmemente que la muerte ya no es una losa sino la puerta abierta a la plenitud de la Vida, no es digno de llamarse cristiano.
No nos engañemos. Un cristiano no es el que es bueno sin más, ni el que ayuda al necesitado, ni siquiera el que se sacrifica por los demás. Todo eso es necesario para que un cristiano sea fiel a lo que Jesús quiso para la humanidad, pero no tiene sentido si no lo hacemos teniendo como horizonte y desde la alegría de sabernos salvados por medio de la resurrección.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No hemos de sentirnos culpables si, a veces, nuestra fe en la resurrección se ve acompañada de dudas.
Ni siquiera los que le habían acompañado de cerca, los discípulos, pueden aceptar o  “permitirse el lujo” de no estar tristes ante la muerte. Cuando llega la muerte no hay motivo para la alegría, ni siquiera después de una vida larga, llena de bendiciones, se nos ocurre darle gracias a Dios. A veces los cristianos perdemos la perspectiva de lo que significa la muerte, o en lo que Cristo la ha convertido.
“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”. Cuando descubres el inmenso gozo que supone que la Palabra se encarne y tome sentido en tu vida, que no se queda en algo que pasó hace miles de años sino que se actualiza cada día en tu vida y te ves reflejado/a en ella, no puedes sino ser plenamente feliz y actuar en consecuencia, y ahí es donde se  nota que somos cristianos, porque entiendes que lo que Cristo dijo e hizo, también te pasará a ti. Y, por supuesto, eso incluye una tumba vacía.
La vida plena, sin limitaciones, que alcanzaremos con la resurrección, hemos de darle sentido desde y con la vida que como humanos nos vamos fraguando. Porque la esperanza en la resurrección nunca ha de ser una excusa para maltratar la vida humana. Eso ha pasado y, desgraciadamente, sigue pasando hoy en algunos credos y religiones que, por querer alcanzar fanáticamente la vida eterna (creyéndose mártires), se maltrata/mata la vida que tanto amó Dios-Jesús (Quiero tener muy presentes en esta meditación, a los hermanos que han sido asesinados en estos días por el hecho de ser cristianos y que, paradójicamente, han encontrado la muerte por celebrar la Vida). Porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo al mundo” para vivir desde el amor.
Es posible que los cristianos estemos “locos” por creer en un Dios encarnado, que vive y muere como hombre, y que después creamos que resucita. Pero qué maravilloso es vivir esta locura de amor, sabiendo que el sentido de una vida lo da su final, y que dicho final es la resurrección.
 


sábado, 8 de abril de 2017

Ramas y mantos (Mt 21, 1-11)

Es evidente que, una vez más, nos encontramos ante una redacción que nace ya en la comunidad eclesial que tiene asumida su fe en Jesús y la transmite a través de este evangelio, por eso no hemos de fijarnos tanto en la historicidad total de dicho relato sino en lo que de verdad quiere transmitirnos a los cristianos dos mil años después.
“Encontraréis una borrica atada con su pollino, desatadlo y traédmelos”. Lo que sí es determinante es la actitud de Jesús al preparar su entrada en la ciudad, Jesús no quiere crear más expectativas, o al menos alimentar aquellas que esperaban a alguien poderoso en lo económico y político, ni quiere que lo confundan. Por eso, prepara su entrada a la ciudad (ciudad que le va a recibir pero también a despedir) de la misma manera como había vivido, de forma humilde. Jesús entra a la ciudad de los sacerdotes, profetas y reyes en una cabalgadura sencilla pero esto tiene más resonancias para los judíos de su tiempo de las que parece, puesto que ya el profeta Zacarías (Zac 9,9) había profetizado dicho episodio y esto, aunque muchos no lo entendieran en el momento, era la señal de la continuidad y también renovación de la Antigua Alianza.
Del mismo modo, nosotros los cristianos, dos mil años después hemos de ser continuadores y garantes del mensaje de Jesús, por eso cada día me cuestiono más si estamos haciéndolo. Me pregunto si viniera hoy Jesús no nos encontraría lejos de aquella actitud humilde que quiso vivir Él. En ocasiones creo que encontraría en la Iglesia más aquella escena que encontró en el templo, en el que los vendedores y cambistas campaban a sus anchas consentidos por los sacerdotes y sanedrines, y no aquel ambiente humilde de su entrada en la ciudad santa. Con esto no sólo me refiero a lo  grandioso de nuestros templos y catedrales, que por otra parte creo que es un fruto hermoso de la tradición y la fe de muchos siglos sino más bien a la actitud en los corazones de las personas, de los cristianos. En la Iglesia nos entorpece  el orgullo, el querer aparentar y estar por encima de… como si los puestos o rangos fueran necesarios para llegar a Dios. En la Iglesia entorpece el fasto de los que aún se resisten a dejar las limusinas para subirse a un coche convencional.
“Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”. Es curioso como en la entrada de Jesús en Jerusalén lo aclaman como el profeta de Nazaret de Galilea, cuando en la misma Escritura se dice que de esa región no puede salir nada bueno. Es por tanto esta aclamación, el fruto de la fe de la comunidad inicial de los creyentes en Jesús que quieren borrar estos prejuicios en la tradición judía. Nosotros hemos nacido en una generación que no conoce este prejuicio pero hemos de rescatar esta aclamación con más fuerza aún en nuestras vidas, porque reconocer a Jesús como el Hijo de David y el que viene en nombre del Señor, significa poner a Dios en el medio de nuestra vida, ser testigos de su Verdad, asumir nuestras cruces con humildad y ayudar a llevarlas a otros.
Dejemos que entre Jesús en nuestra vida como lo hizo en la ciudad santa de Jerusalén. Que nuestras ramas y mantos sean la humildad y la fe para anunciarlo con determinación.
 

sábado, 1 de abril de 2017

La puerta hacia la VIDA (Jn 11, 1-45)



Lejos de estudiar la historicidad total o parcial del este relato tan detallado del evangelista Juan, que narra lo que tradicionalmente hemos llamado la resurrección de Lázaro, creo que es importante recordar que el sentido del texto y el mensaje que transmite es lo que realmente importa.
El relato evidencia el amor que los tres hermanos: Lázaro, Marta y María profesaban a Jesús y cómo este vivía recíprocamente dicho amor. Son posiblemente los mejores amigos de Jesús en este mundo, y su casa en Betania, cerca de Jerusalén, serviría a Jesús de refugio y descanso al término de muchos días en los que le era imposible pasar desapercibido y estaba extenuado debido a la multitud que le seguía.
Esa amistad y amor, que refleja tan transparentemente el texto de Juan, se hace más evidente cuando llega Jesús a Betania y se encuentra con que su amigo Lázaro había muerto. Previamente le habían hecho llamar las dos hermanas mientras Jesús no estaba en Judea, y para cuando quiere llegar ya lo habían incluso enterrado. El sufrimiento y dolor ante la pérdida del hermano, las lágrimas desconsoladas de Marta y María, hacen que Jesús les acompañe en su sentimiento y llore con ellas por la muerte del amigo. Es este uno de los momentos más humanos de Jesús, en el que muestra sus sentimientos por el desconsuelo de los que están ante el misterio de la muerte.
Jesús sabe de la fe de sus amigas y aprovecha, puesto que estaba rodeado de una multitud, esta ocasión para dar una de las que serían sus últimas enseñanzas y mensajes centrales: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo, y cree en mí, no morirá para siempre”. Jesús es el Dios de la Vida, el acontecimiento de la muerte es como un sueño, un simple tránsito hacia el encuentro con el Padre.
En este mismo capítulo de Juan, unos versículos más adelante (Jn 11, 50), se trama ya la muerte de Jesús. Es pues, Jesús, una víctima de la religión del momento, del entender la religión de forma fanática y absolutista. En contraste con esta religión de muerte y condena injusta (la del sacerdocio del Sanedrín que politizaba a Dios) está la esperanza de vida eterna que ofrece Jesús. No era difícil, por tanto, que a Jesús le siguieran muchedumbres que estaban ansiosas de buenas noticias, ansiosas de vida y no de muerte.
Ante un acontecimiento que enmudece a la humanidad como es la muerte, Jesús primero nos enseña a amar y apreciar la vida en la tierra, prueba de ello es que a su amigo Lázaro le devuelve a la vida terrena (no es por tanto una resurrección sino una revivificación). Jesús le da un nuevo sentido a la muerte y se presenta ante ella como parte de la misma vida. Él no busca la muerte ni la impone sino que la asume como la puerta al Misterio,  que es Dios Padre.
A lo largo de la historia de las religiones, estas mismas han sentenciado a muerte a los hombres (Cruzadas, Inquisición, Yihadismo…). Es importante que aprendamos de los errores del pasado y del presente y nos acojamos al Dios de la vida, y no a los que matan en su nombre. Jesús nos enseña que el sentido de la muerte lo da la misma vida ya que, la muerte, es la puerta  de la vida temporal a la Vida eterna.





sábado, 25 de marzo de 2017

¡Sana nuestra ceguera! (Jn 9, 1-41)

“Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?”. En la sociedad del tiempo de Jesús se creía que la enfermedad, sea cual fuere, tenía su origen en el pecado de la persona que la padecía o en el de sus progenitores. Por tanto, los enfermos sufrían un doble estigma, el del dolor físico, por un lado, y el del rechazo religioso-social de aquellos que decían seguir la fe de Moisés. Ante esta pregunta de los discípulos Jesús se muestra rotundo afirmando que la enfermedad no la manda Dios, y que no siempre hay una relación directa entre pecado y enfermedad.
“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Jesús sabe que el ciego es uno de los predilectos de Dios, y así lo muestra delante de todos los presentes sanando su ceguera. Él es el único que puede mostrarnos el verdadero camino. Él es nuestra luz en este mundo, en los momentos en los que no vemos salida, lo vemos todo oscuro, sufrimos ceguera…
“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Es curioso como Jesús, por un lado, rompe los esquemas tradiciones sanando y perdonando en sábado, y por el otro, mantiene las tradiciones mandando al ciego que se lave en la piscina a la que todos los enfermos acudían a buscar curación. Jesús no quiere romper con las tradiciones de su pueblo, ni con la ley de Moisés pero sí con la ceguera de la dañina interpretación de la Escritura que causa injusticia.
Para Jesús, ver significa vivir con la plenitud y la alegría de saberse hijos de Dios. Y la ceguera es vivir en la mediocridad, alejados de la Luz que es Dios.
“Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego pero cómo ve ahora no…”; “Ya es mayor, preguntádselo a él”. Los padres del ciego casi que lo abandonan en el momento más importante de su vida por miedo a los fariseos y los letrados, por miedo a la religión y sus castigos. Hay personas es nuestro mundo que, teniendo una vivencia y experiencia de Dios rica, luminosa y quizás poco tradicional, no se atreven a compartirla por miedo a las represalias de la dogmatica hermética que encarcela al Espíritu que se revela en cada corazón. También por miedo a la interpretación radical de aquellos que matan si no se habla del dios fundamentalista en el que ellos creen.
“Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. El que había estado ciego no entra en cuestiones teológicamente complicadas, ni en enrevesar con interpretaciones humanas que cuestionan las cosas de Dios, porque no es un erudito sino que habla desde su simple, y a la vez milagrosa, experiencia vital que le ha llevado al encuentro con Dios, habla de su proceso de fe. El solo sabe que antes era ciego y ahora ya no lo es, lo demás para él son minucias. A veces, nos detenemos en cuestiones que nos entretienen y desvían del verdadero encuentro con Dios en nuestra vida, nos centramos en cuestiones muy secundarias unas veces queriendo, interpretando lo que nos pide Dios por miedo a la exigencia que requiere seguirle, y otras de forma inconsciente.
“Empecatado naciste tú de los pies a la cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?”. El ciego no puede creer lo que está escuchando, no puede creer que después de haber visto lo que han visto, no crean y sigan cuestionando a Jesús porque puede más su absurda y trasnochada creencia que lo que están viendo con sus propios ojos.
Es curioso ver cómo se afirma, en este pasaje, que solo puede perdonar Dios, siendo las consecuencias de esto que mucha gente vive sin oportunidades y con el estigma de la culpa porque a los hombres les está prohibido perdonar pero, sin embargo, los hombres si pueden juzgar y decidir quién es pecador y quién no.
“¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Él contestó: Creo Señor”. Deseamos la Luz para ver con claridad y reconocer quién es el Señor de nuestras vidas, para no caer en idolatrías pasajeras que nos alejan de lo importante, eso es Señor lo que necesitamos. ¡Tócanos con el barro que sana y otorga la Luz, que eres Tú!

viernes, 17 de marzo de 2017

"Dame de beber" (Jn 4, 5-42)

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana está repleto de enseñanzas, es un encuentro fresco que nos habla de un de Dios universal.
 “Dame de beber”. Desde muy niño me ha llamado la atención esta petición de Jesús, de Dios, a una mujer, un ser humano ¿Cómo era posible que el mismo Dios pida algo tan simple como agua a una mujer en el mismo bocal de un pozo? Pero lo que de niño me llamó la atención se fue resolviendo a la par que iba cambiando mi concepto de un Dios omnipotente a un Dios que cuenta con los seres humanos. Y es que Dios solicita nuestra ayuda a través de los hermanos que tanto nos necesitan. Hay muchos hombres sedientos, en lo físico y en lo espiritual, que nos piden de beber y no descubrimos que en esa petición está Dios mismo. Pensando que Dios nos pide cosas o sacrificios grandes, pasa a nuestro lado, se para delante de nuestro pozo, y le dejamos pasar pensando que no puede ser Él. Sin embargo la samaritana si supo descubrir quién era Jesús, aunque antes se tuviera que deshacer de algunos prejuicios.
“¿Eres tú más que nuestro padre Jacob…?”. La mujer, después de la conversación con Jesús, sabe entender rápidamente que la época de los grandes patriarcas ha pasado porque ya estaba ante ella lo que más ansiaban y esperaban, el  Mesías.
En la Iglesia, en nuestra sociedad, nos hemos quedado en ciertas cuestiones en la herencia veterotestamentaria de los patriarcas, reyes y profetas y no estamos sabiendo llevar a nuestra vida el legado de la Nueva Alianza  que nos ofrece Jesús. Seguimos viviendo en el pasado, casi con los mismos prejuicios, rechazos y leyes sin acogernos al agua viva que lo renueva todo y calma la sed definitivamente.
La samaritana, despreciada por muchos de su entorno, se sorprende al comprobar que Jesús conoce su historia, su vida… y que, aún así, se acerca a ella. Dios conoce nuestra vida, sabe de nuestros tropiezos y de las barreras que nos parecen imposibles superar, sabe de nuestras cualidades y dones pero también de nuestras miserias a las que nos agarramos como si fueran nuestra tabla de salvación en este mundo. Vivir de espaldas a Dios es negarnos a nosotros mismos. Dios no nos pide más de lo que podemos dar pero tampoco menos; Somos nosotros los que, a pesar de nuestras debilidades e imperfecciones, debemos vivir en espíritu y verdad, porque Dios nos ofrece esa agua, esa posibilidad de volver a empezar sin juzgarnos por nuestra vida, a veces poco ejemplar, como le pasaba a la mujer de Samaría.
Imagino que debió ser un diálogo tranquilo, extenso y sin prisas en dónde los prejuicios se iban transformando en oportunidades. Así ha de ser nuestra vida, un diálogo continuo con el Dios de la vida, que mora en nuestro interior, en el que vayamos descubriendo cual es nuestro camino y cómo recorrerlo.
 

sábado, 11 de marzo de 2017

Transformarnos (Mt 17, 1-9)

Si hemos seguido, durante esta semana, el mensaje de la Palabra que la liturgia nos ha facilitado, tanto el evangelista Mateo como Lucas nos han mostrado a un Jesús que marca una clara diferencia entre lo de “antes” y lo de “ahora”, nos presentan a un Jesús que, en cierta manera, rompe con el pasado o al menos quiere renovarlo actualizándolo y purificándolo en el presente. Frases como “Habéis oído decir…pero yo os digo…” o “Si no sois mejores que los letrados y fariseos…” son la evidencia de todo esto. Jesús tiene absoluta conexión con el pasado de su pueblo, y sin su pasado no se le puede entender, pero también es cierto que no se queda en el pasado.
El relato de la transfiguración hunde su sentido más profundo en la tradición veterotestamentaria, pero mira a un futuro de gloria que no ignora los momentos difíciles por los que se ha de pasar antes.
“Se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él”. Estamos ante una teofanía, la manifestación del poder de Dios al estilo del Antiguo Testamento, pero ahora, para recordarnos que el Hijo participa de la gloria del Padre, y así queda atestiguado también por Elías y Moisés. Pasado y presente en una manifestación que mira al futuro renovado por la resurrección que todo lo hace nuevo y todo lo purifica.
“Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas”. Resulta curioso que, después de una manifestación tan extraordinaria con la que nadie se quedaría impasible, y que serviría para atestiguar de por vida lo vivido, algunos de los discípulos que acompañaron a Jesús al Tabor, como Santiago y Pedro, le negaron y abandonaron tiempo después en sus momentos más difíciles. Por eso creo que no es tanto la manifestación celestial literalmente redactada lo que vivieron (ya que es más bien un relato concebido como las teofanías o hierofanías del Antiguo Testamento) sino que más bien vivieron un momento pleno, un momento de esos idílicos en la vida de los que no quieres que terminen. De esos momentos en los que estás con las personas y en el lugar adecuados y nos gustaría que durara para siempre. Sin embargo, todo en la vida no es gloria, hay también cruz.
 “Este es mi Hijo amado…”. De nuevo, otra vez, como en el momento del bautismo de Jesús,  la voz del Padre deja clara la absoluta relación entre Jesús y lo Alto. Ahora hay una invitación: “Escuchadle”.
Tenemos el corazón de piedra y aunque rogamos a Dios que nos dé un corazón de carne, muchas veces no ponemos todas nuestras fuerzas en escuchar lo que Él quiere de nosotros. “Lo que Dios quiera…” solemos decir, pero muchas veces es lo que nosotros queremos. Hacemos gala de nuestra libertad, libertinaje en ocasiones, y llegamos incluso a hacernos dueños de las vidas ajenas. Últimamente estamos siendo observadores impasibles de cómo parte de la humanidad juega con las vidas humanas y se mofan de ello: miles de refugiados vagando por las fronteras, torturas públicas, matanzas grabadas para ser exhibidas y demostrar que esos verdugos son dioses que pueden jugar con la vida y la muerte a su antojo. Lo peor de todo es que se hace en nombre de Dios, un Dios que se entrega en la cruz, sin utilizar en ningún momento la violencia, como víctima de la libertad y el capricho humanos.
“No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Para resucitar a la vida eterna, hay que morir a esta vida. Los discípulos discuten sobre el sentido de las palabras de Jesús entorno a la resurrección porque no les entra en la cabeza que Jesús, del que han experimentado su divinidad en ese preciso momento, tenga que morir.
Aunque los evangelios sinópticos no nos dicen el nombre del monte de la transfiguración, la tradición cristiana identifica dicho monte  con el Tabor. Desde MiTabor, este blog, quiero sentirme como Pedro, Santiago y Juan con Jesús. Así me siento cada vez que reflexiono en este lugar donde mi oración se hace escritura. Pero no me gustaría quedarme aquí, aunque estoy muy a gusto como les pasaba a los discípulos; No debo quedarme porque ya Jesús les dijo, y siento que me dice a mí también, que no puedo instalarme sino que he de bajar y trabajar por y con mis hermanos.
Seamos cristianos que, sin huir de las cruces de este mundo, viven más desde la resurrección y desde la gloria del evangelio porque sólo así podemos ser testigos creíbles.