viernes, 16 de junio de 2017

Pan que se parte y reparte (Jn 6, 51-58)

A los antiguos cristianos no se les entendió y se les persiguió, entre otras cosas, por una interpretación literal de sus palabras y textos; incluso se les acusó de antropófagos. Hoy día, no se nos entiende, incluso después de haber “explicado” nuestra fe en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quizás por otra razón al otro extremo, el racionalista, que no deja abstraer y trascender al corazón.
En fin…el hombre parece que lleva en lo más hondo de sus entrañas la incredulidad, y que ha de poner siempre impedimentos a Dios, ya sea por literalidades, legalismos convenientes o  por las barreras que nuestra mente racional nos pone,  evitando que nos abramos al Misterio más profundo del ser.
“El que come mi carne y bebe mi sangre…” (El que participa del misterio; el misterio cristológico, el secreto mesiánico que tanto le “gusta” al evangelista  Marcos) ese, y sólo ese, alcanzará la vida eterna, encontrará el sentido de la vida, la Vida que no se queda en la materia, que no se acaba con el tiempo  sino que perdura eternamente.
Los católicos hemos sublimado este Misterio hasta sacramentarlo. La presencia real de Cristo en las especies del trigo, hecho pan, y de la vid, convertida en vino, son para nosotros Misterio pascual, son el mismo Cristo. Pero, a veces, me queda la duda de si, en el fondo, somos conscientes, lo hemos llevado al corazón, lo hemos rezado y llevado al plano de la fe, si lo CREEMOS; porque si no es así (y bastan sobrados ejemplos de “cristianos” que no participan cada domingo de dicho misterio) estamos siendo otra cosa pero no cristianos católicos, no lo somos si practicamos un sincretismo religioso hecho a medida, nuestro particular sincretismo de Cristo.
Los primeros cristianos respetaron y defendieron la comunión, la presencia real de Cristo en el pan, con su propia vida. Recuerdo alguna de las historias que me contaron en las catacumbas de Roma (concretamente la catacumba de San Calixto) en la que, por no dejar profanar el pan  eucarístico, murieron incluso niños. Si, quizás sea eso, que hay que hacerse como niños para poder llegar a creer el misterio que supera toda razón. Eso no significa profesar “la fe del carbonero”, sino, simplemente, reconocer la limitación humana ante su  Señor y Creador que puede, y de hecho así es, ser parte, hacerse presente y permanecer en la materia más cotidiana.
“El pan vivo bajado del cielo” nos deja claro que, el pan que Él nos ofrece es su carne entregada para este mundo, un pan que se reparte, un pan inagotable, hay para todos, y el que lo acepte vivirá para siempre. Porque sólo entendiendo que el pan no es de nadie, que es de todos, y que todo el mundo tiene derecho al pan, porque el pan es la vida, el alimento, sólo así alcanzaremos una vida en la Verdad.
 Los cristianos tenemos una gran responsabilidad, parte de nuestra misión, si encarnamos estas palabras en nuestras propias vidas, haciendo de ellas panes que se reparten y se dan inagotablemente, para saciar el hambre y las necesidades de nuestro mundo. Quizás sea eso lo que no llegamos a entender y por eso nos cuesta tanto, nos ha costado siempre tanto a los humanos, entender  lo que significa la presencia real de Jesús en este mundo.
“Pero ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. El judío de tiempos de Jesús, sólo sabe leer literalmente, nadie le ha enseñado a interpretar. Estas palabras son un verdadero escándalo para los judíos de su tiempo, incluso para sus discípulos, para aquella mentalidad tan dura como la piedra de las tablas de la ley. Pero, una vez más, Jesús nos demuestra que sus palabras son más que palabras.
Es necesario que el humano se alimente del VERBO hecho carne, que alimente su vida de la Verdad.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado”. Una vez más, Jesús muestra la clave para una íntima relación con Él, y estando con Él estamos igualmente con el Padre, porque es quién le ha enviado. El misterio trinitario, sin necesidad de dogmatismos complicados y enrevesados que muchas veces hacen flaco favor por estar más llenos de letra e intentos de razonamiento que de sencillez, sale de la boca de Jesús como lo más “lógico” y sencillo, simplemente porque sale de una boca que pertenece al Hombre que lo vive como una misión a la que ha sido llamado y enviado por el Padre.
Encarnemos en nuestras propias vidas, con la cotidianidad y particularidad de las mismas, el misterio de Dios que se hace pan para después entregarse enteramente a todos.

viernes, 9 de junio de 2017

Trinidad...Dios del Amor (Jn 3, 16-18)

Entenderemos mejor este pasaje del evangelio de Juan si somos conscientes de la conversación que mantienen, justo antes de esto, Nicodemo y Jesús. Este fariseo, Nicodemo, le dice claramente a Jesús que sabe que ha venido de parte de Dios, y literalmente afirma: “Pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él”. Sin ser consciente, está identificando a Jesús con el Padre, está reconociendo el misterio profundo de la Trinidad.
Jesús le asegura a Nicodemo que es necesario nacer de lo Alto, nacer de nuevo, renovarse, porque si esto no se hace no es posible ver el reino de Dios. Si no hay una profunda y verdadera conversión de corazón, si se sigue con los esquemas, creencias, prácticas y conceptos pasados, no es posible ni aceptar, ni descubrir, ni participar del reino. Y se lo dice precisamente a un principal de entre los fariseos. Evidentemente todos, incluidos los fariseos, veían los signos y palabras de Jesús y, en el fondo, lo admiraban aunque las formas no fueran las esperadas. Por eso Jesús les pide, antes de nada, conversión de corazón, que nazcan de nuevo. Es necesario un nuevo nacimiento espiritual para dejar nuestras ideas, y así hacer sitio en nosotros a Dios y la novedad que, cada día, nos ofrece.
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Ciertamente, el misterio de la Trinidad es eso, un misterio, y como tal queda sólo en el “conocimiento” de Dios, pero lo que si podemos entender, o más bien experimentar, de dicho misterio es que Dios trinitario significa Dios del Amor. Un Dios que no hace nada más que entregarnos, regalarnos vida, nos regala como Padre la creación, nos entrega a su Hijo y sigue entregándonos su presencia en el Espíritu Santo, haciendo que podamos descubrir a Dios en cada acontecimiento de la historia. El cristiano que entiende esto, ya está experimentando a un Dios trinitario.
 “El que cree en Él no será condenado, el que no cree ya se ha condenado”. El hombre, los hombres nos condenamos muchas veces  con nuestras actitudes, pero también con nuestras omisiones. Por eso, el que conociendo la Verdad y la Luz no se deja guiar por ellas, se está condenado a vivir en la mediocridad de guiarse y rodearse de cosas y personas que no llenan en plenitud, ni pueden ofrecer nada más allá de lo humano.
El que conociendo la Verdad reniega de ella sabe que su vida no será plena porque ya ha conocido la Verdad, porque estará escapando siempre sabiendo que puede estar mejor pero que, por comodidades menores o egoísmos completamente terrenos, está viviendo en la penumbra que crea  la Luz. Está viviendo a la sombra de la Verdad que ya conoce.
Conocemos a Jesús y el proyecto del reino, y si actuamos en contra de él estamos anteponiendo nuestros planes a Dios.
Dios no quiere el mal del mundo, no ha venido para condenar sino para dar Vida, para salvar. Por  eso Dios envía a su propio Hijo entre nosotros, entre TOD@S nosotros, en mitad del mundo. Para que por Él y solo por Él encontremos la salvación. La iglesia es un medio para la salvación, pero el único necesario e imprescindible es Jesús de Nazaret; Su Amor, reflejo del Padre,  es el camino necesario para vivir en la plenitud de la verdad.

viernes, 2 de junio de 2017

¡Ven Espíritu...! (Jn 20, 19-23)

Nos toca vivir la era del Espíritu, Trinidad en la persona del Espíritu Santo. Cuando nos ponemos a teologizar e intentar explicar, la mayoría de las veces sin éxito, sobre la tercera persona de la Trinidad tenemos que remitirnos al pasado y a las experiencias vividas por nuestros antepasados, reflejadas en la Escritura. Ahí encontramos multitud de expresiones que definen al Espíritu Santo (Cf CIC 692-693) así como multitud de símbolos por los que se ha mostrado a lo largo de la Historia de la Salvación: Agua, fuego, unción, nube y luz, paloma… Todo esto es muy bueno, me atrevería a decir que incluso conveniente, que los cristianos lo conozcamos. En el evangelio de Juan se nos dice que Jesús exhaló su aliento sobe los discípulos y entregó con ello el Espíritu Santo, pero en realidad ¿Qué es el Espíritu Santo y dónde y cómo se manifiesta?
Cuanto más leo la Escritura, e incluso el Catecismo de la Iglesia y otros documentos del magisterio que intentan aclarar y explicar el tema, más desconcierto encuentro ante la multitud de teorías y manifestaciones (Teofanías) del Espíritu. Lo que sí tengo claro es que, tanto en la Antigua Alianza como ya en la Nueva, el Espíritu de Dios no necesariamente se ha revelado, ni se ha hecho presente, en lugares ni a personas altamente cualificadas teológicamente hablando, ni a doctos ni entendidos, ni teóricos, ni papas… sino a pobres y rechazados profetas (hombres de oración y llenos de temor de Dios), pescadores y publicanos… Por eso hoy, en mi día a día, creo que muchas veces Dios no está donde me empeño en buscarlo, Dios no me va a hablar dónde yo quiero que lo haga, El Espíritu de Dios, Espíritu Santo, no se me revelará si no lo busco con corazón sincero y alejando de dicha búsqueda mis banalidades y erudiciones.  
Mediante la unción del rey David el Espíritu de Dios permanece junto al pueblo pero ese pueblo, con el tiempo, se convierte en uno más cuando olvida la promesa y se aleja de Dios.  Es entonces cuando nace la promesa del Reino que traerá el Espíritu mismo encarnándose en una pobre de Nazaret, María, porque los herederos de dicho Reino son precisamente los pobres en el Espíritu (Lc 1, 32-33). Hoy la Iglesia invoca al Espíritu Santo en los sacramentos, muy especialmente en la Epíclesis de la eucaristía, pero cuando miro a mi alrededor, en dicho momento, no veo a cristianos que creen y desean la presencia de Dios en dicha invocación. Me atrevería a decir que es porque, en muchos casos, no saben qué se está haciendo en ese momento, ni a quién se está invocando, lo mismo cuando el sacerdote impone la manos sobre nosotros… Que me perdonen mis lectores si da la sensación de que subestimo su conocimiento de la liturgia y la Historia de la Salvación, no es mi intención.
Creo que la Iglesia tiene la responsabilidad de seguir acercando a Dios mediante una liturgia más clara, celebrativa y participativa. Quizás así, entendiendo lo que hacemos no estemos como meros espectadores ante el gran Misterio, y sí que vivamos con intensidad la presencia real del Espíritu Santo entre nosotros. Igualmente  creo que sólo saliendo de nosotros mismos, incluso de los límites de la iglesia, podemos encontrar ese aire fresco, a veces muy intenso y desconcertante, que es presencia del Espíritu de Dios.
Le pido al Espíritu Santo que nos siga bendiciendo con sus dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Piedad, Temor de Dios y Ciencia, para que podamos descubrirle y obrar según nos vaya inspirando.

sábado, 27 de mayo de 2017

Volver a Galilea (Mt 28, 16-20)

“Los once discípulos se fueron a Galilea…”. Después de la Pasión, la Pascua y Pentecostés, los discípulos vuelven  a sus orígenes, vuelven a Galilea, donde todo empezó.
Volver a las raíces es, muchas veces, la única manera de hacer las cosas bien, la única manera de garantizar la fidelidad al reino. No se trata de un acomodarse en la seguridad del pasado sino de un beber de las fuentes.
Hoy, en la Iglesia, atendemos a una desbandada de hermanos que, por diferentes razones, se alejan de la comunidad. Sean cuales sean los motivos (algo que nos atañe a todos) lo que es común es el rechazo a la que es su comunidad, la no identificación con lo que es o cómo se vive dentro de ella. Es preocupante ver como en la generalidad de nuestras iglesias, es la gente mayor la que acude domingo tras domingo. Es curioso ver cómo en la liturgia de la eucaristía, celebración clave y principal de nuestra fe, las respuestas son tímidas y mecánicas. Es triste oír sermones que, más que buenas noticias (εὐαγγέλιον), son regañinas y llamadas de atención a los muchos pecados de los fieles; Pero también es triste ver la falta de implicación y compromiso de los que nos llamamos bautizados (queden incluidos también los que no acuden a la comunidad y se han alejado).
Ya no es tiempo de lamentos veterotestamentarios, ya no es tiempo de tristezas y golpes de pecho que se quedan en el gesto pero que no solucionan nada. Es tiempo de volver a la raíz, es tiempo de encontrarse de nuevo con Jesús en Galilea, tu Galilea; Tú con Jesús, el momento en el que le descubriste, el momento en el que te enamoraste de Él, de su Buena Noticia. El gran problema es si eso nunca ha ocurrido, si no hemos descubierto personalmente a Jesús, a Dios en nuestra vida sino que nos lo han dado, nos lo han enseñado sin más y sólo lo conocemos de oídas.
Es cierto que no hay fórmulas mágicas para solucionar este panorama, pero quizás una de las claves sea esa: “Volver a Galilea”; Encontrarnos allí con Jesús. Él también nos llama, como a los discípulos, para que volvamos a sentirle en la raíz, en la pureza y la inocencia del inicio de una relación.
“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. La Iglesia dice de sí misma en el Concilio Vaticano II que es: “Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu” (LG 17). Estas tres imágenes responden a nuestro origen trinitario. Dios elige al pueblo, el pueblo son sus hijos queridos. No debemos caer en el exclusivismo porque eso no hace nada más que apartar, crear “apartheids religiosas” y olvidarnos de nuestro origen divino, de nuestro ser de hijos de Dios.
Precisamente en el ejemplo de Dios Hijo, Dios encarnado, hemos de poner nuestra atención para poder ser su cuerpo en esta tierra. Teniendo a Cristo como cabeza perfecta de este cuerpo imperfecto, guiado y animado por su Espíritu que sólo puede estar en y con nosotros si nos abrimos a Él y no permanecemos cerrados. Sólo podemos ser imagen del Dios Trinitario si aceptamos en nuestra vida un Pentecostés transformador.
“Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Bautizar y aceptar el bautismo trinitario, supone aceptar la presencia de Dios en la historia de la humanidad, aceptar una Historia de salvación. Ser bautizado es una gran responsabilidad; Hoy echamos en falta más que nunca ese compromiso que requiere el ser cristiano. Ser bautizados hoy y aceptarlo de verdad y con todas sus consecuencias no es fácil, pero sólo el que se sabe lleno del Espíritu goza de sus dones y siente que la vida no es vida sin Él; Que si nos falta Él somos como fantasmas perdidos en medio de la historia humana, números efímeros en la fría y, a veces, cruel historia humana.
El cristiano que toma en serio su bautismo es el que ha asumido estas palabras: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

sábado, 20 de mayo de 2017

El "Defensor" (Jn 14,15-21)

Hasta sus últimos momentos en la tierra, Jesús demostró el cariño y sensibilidad hacia los que estaban o podían estar más desprotegidos. Por eso se preocupa también de los suyos, de sus discípulos, porque sabe que se sentirán solos y abandonados cuando Él no esté con ellos. Ese es el motivo por el que les adelanta que no deben temer porque tendrán un “Defensor”, el Paráclito, el Espíritu de la verdad, con ellos.
Jesús sabe lo difícil que resultará la proclamación del Reino de Dios entre los hombres. Ya en otros momentos les había alertado de que serían perseguidos por esta causa, por su causa, es por eso que necesitarán un “Defensor”, alguien que les de la fortaleza, templanza, sabiduría… (En resumen, los siete dones que ofrece el Espíritu Santo) necesarias para ser fieles y no abandonar.
Es cierto que si nos tomamos en serio la tarea del Reino y la llevamos hasta sus últimas consecuencias, dicha tarea nos puede llegar a exigir hasta nuestra propia vida. El mensaje de Jesús, siendo universal,  no es acogido de la misma manera en todos los rincones de la tierra, y ya tenemos la experiencia de ver como alguno de nuestros hermanos, a lo largo de  la historia de la Iglesia, han entregado su vida como hicieron alguno de los primeros discípulos imitando al Maestro. Pero hay muchas formas de entregarse a la tarea del Reino y no todas son entregando literalmente la vida sino que también con nuestro tiempo, nuestra defensa (apología según los Padres de la Iglesia) y con nuestra voz en medio de una sociedad hostil a Dios, podemos entregarnos.
Cuando Jesús mismo dice que nos dejará un “Defensor” es porque era consciente de que la tarea nos traería problemas y que muchas veces tendríamos que ir a contracorriente en las sociedades que nos tocara vivir. Los cristianos sufrimos el rechazo constante de algunos sectores de la sociedad, últimamente de la política extrema, que va de “progre” y social pero termina siendo la primera dictadora y antidemocrática: persiguen la enseñanza religiosa en la escuela, intentan anular la eucaristía televisada, reclaman edificios de culto que han pertenecido a la comunidad eclesial durante siglos…

Hoy Señor necesitamos de tus siete dones al igual que los necesitaron nuestros hermanos de la comunidad primitiva. Envíanos al “Defensor”, el Paráclito, el Espíritu de la verdad, tu Espíritu Santo para que seamos tus testigos hoy y aquí, siempre y en cualquier lugar.

sábado, 13 de mayo de 2017

"No perdáis la calma" (Jn 14, 1-12)

“No perdáis la calma…” nos dice Jesús. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.  De alguna manera nos está animando a no perder la fe, a no perder el rumbo de nuestra vida, nuestro horizonte que es Dios. Cuando los discípulos intuyen que Jesús les va a dejar y que pueden verse solos, comienzan a temer y notar esa soledad e inseguridad de la falta del Maestro, pero Jesús les muestra el verdadero camino para no perderse, Dios Padre que está y es Él mismo.
“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Estás secuencias (sobre todos los capítulos 14 y 15) del evangelio de Juan en las que Jesús habla de la relación que le une al Padre, también al Espíritu, han sido, entre otras, la causa del gran cisma entre Oriente y Occidente (la cuestión del Filioque). Por tanto, no hemos de restar importancia a su explicación, pero más allá de las consecuencias históricas, hemos de centrarnos en el claro mensaje que hoy nos transmite a todos los que seguimos a Cristo, cristianos sin distinción de confesión.
“El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras”. Jesús nos invita a centrarnos en las obras que salen de su persona porque de esa manera conoceremos la manera de actuar de Dios. El pueblo judío en el que vivió Jesús era excesivamente ritualista y valoraba más la adoración y el culto que la ética de las acciones. Jesús les muestra a un Dios que se hace carne y que actúa, un Dios que también habla en el actuar. Jesús les acerca a Dios, les pone a Dios a su misma altura para que puedan reflejarse en Él y puedan imitarlo.
Como afirma José Mª Castillo: “La adoración se despacha pronto. La imitación es una carga pesada que no nos deja y nos exige constante vigilancia”. En ese sentido Jesús nos invita a imitar las obras de Dios, a ser como Él, a no tener miedo de seguirle. Aquí radica la dificultad de ser cristiano, en hacer de nuestra vida, de nuestras obras, el espejo donde los hombres vean a Dios.
Que nuestra vida sea el reflejo del amor de Dios a los hombres, sin distinción, y la bondad y caridad constantes. Ese es el camino que hemos de seguir, la verdad que Cristo nos enseña.

sábado, 6 de mayo de 2017

La verdadera puerta (Jn 10, 1-10)

Este pasaje del evangelio puede llevar fácilmente a la errónea interpretación si no vamos a lo profundo de su mensaje.
Es cierto que Jesús era rotundo y tajante en según qué cosas o con qué temas y, aunque pueda dar esa impresión, aquí no está vanagloriándose de ser el único Señor y Salvador, que es cierto que lo es, sino que avisa de los falsos o malos pastores que dan rodeos y se escabullen para no atender a sus ovejas. En tiempos de Jesús abundaban falsos mesías y los malos pastores (sacerdotes y dirigentes que no obraban según la ley de Dios sino según sus intereses y leyes).
“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. El pueblo de Jesús, el pueblo judío, venía de una tradición semítica e itinerante y por eso la imagen del pastor (patriarca) conduciendo y dando ejemplo a sus ovejas era para ellos bien conocida. Un buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y reconocen su voz y le siguen. Ese pastor es capaz de dar su propia vida por ellas. Su trabajo no es para percibir un simple salario sino para la gloria de Dios y la construcción del Reino. Jesús ve cómo el pueblo sigue plenamente confiado, muchas veces también por miedo, a líderes del templo y sacerdotes que no son ejemplo y buscan la corrección y el cumplimiento en los demás, mientras ellos se saltan la ley que predican y no entran por la puerta verdadera, que no son las leyes que han inventado ellos sino el actuar y vivir desde el mismo amor de Dios.
En la iglesia de Jesús hemos de reconocerle a Él. Sólo reconociendo, primeramente, su voz y sus palabras podremos seguirle. Si no hacemos esto corremos el riesgo de seguir a pastores incoherentes que hacen un mal uso de la autoridad que les ha venido conferida por Dios y que no saben lo que dicho poder significa. Pastores que viven en la opulencia y la apariencia exigiendo moral y haciendo moralina en sus sermones mientras ellos no son capaces de entrar por la puerta verdadera. Pero también es cierto que Dios ha bendecido la iglesia dotándola de pastores que antes de guiar al rebajo han sabido escuchar la voz del verdadero Pastor, y guían con amor a su pueblo ofreciendo su vida en sacrificio y verdadera entrega al reino.
Doy gracias a Dios por esos pastores que hemos tenido, y tenemos, en nuestra vida y que son reflejo del amor de Dios, pastores que al llamarnos reconocemos en su voz al verdadero Jesús, el Jesús de Nazaret.